cartas de un amargo

lunes, mayo 07, 2007

La Imposibilidad

La vida tiene eso. Es improbable. Pero aún así, las improbabilidades no dejan de ocurrir. Ximena era así. Más aún, ella era una imposibilidad. Veinticinco años, alta, delgada y pelo corto. Soltera y de pelo irrepetible. Uno, que solamente era suyo. Pero ese pelo corto, así como a ella le gustaba, era un proceso. Ximena era una mujer de procesos. De inicios, de desarrollos y de conclusiones. De métodos que había aprendido. En su colegio inglés y mientras estudiaba biología en la universidad. Y le funcionaba. Porque hasta cierto momento de su vida, las cosas andaban. Todo dentro de un proceso. Todo dentro de lo probable.

El problema de tener amigas, es que en algún punto, las cosas se te pueden desordenar. Y ahí vienen las peleas. Los quiebres. Pero es algo que pasa todo el tiempo. La gente lo llama “madurar”. Y madurar, muchas veces, tiene que ver con pelearse con alguien más. Ximena sabía de peleas. Nunca con las manos y casi siempre a su manera. Y a su manera dolía más. Porque había que mantenerse. Fingir o aguantar. Y, como dicen, mantenerse siempre digna. Para ella, la dignidad era un lujo que había que saber sostener. Cuando no entró a medicina y cuando dejó biología por periodismo. Pero sobre todo cuando llegaba a su casa y no había mensajes pendientes. A Ximena le gustaba que se acordaran de ella. Aunque cuando nadie lo hacía, sabía llevarla bien. Tenía su dignidad. Pero la dignidad también tiene su punto de quiebre.

Puede que sea mi imaginación, pero creo que todavía me acuerdo de su primer día en periodismo. Tenía el pelo largo. El resto sigue más o menos igual. Para su primer trabajo, Ximena agarró el micrófono y fue a entrevistar al galán de la teleserie de turno. Con sus jeans azules, zapatillas y polera blanca, le hacía sus preguntas. Estaba nerviosa. Era probable. Cuando terminó, soltó el micrófono, abrió los ojos, y puso esa cara que deben poner las quinceañeras cuando cumplen un sueño. Y no podías no odiarla. Porque a la larga sabías, que su lugar estaba ahí. Mirando arriba. Apuntando a tipos mejores. Cumpliendo los sueños de quinceañeras. De eso se trataba. Pero no se lo podías reprochar. A pesar de que había vivido más y mejor que tú, Ximena seguía siendo una niña. Y las niñas sólo quieren ser felices.

El pelo largo no le duró mucho. Su soltería tampoco. Después de un tiempo, nos acostumbramos a eso. A su pelo intrigantemente corto, a sus vacaciones en Buzios y a sus novios. Si me preguntas a mí, siempre eran más o menos iguales. Gente que potencialmente le podía joder la cabeza y mandarla al hospital. Entonces desfilaron ayudantes, arquitectos y músicos. Y siempre, sin excepción, era muy distintos a uno. A veces duraban poco. Otras no tanto. Pero tarde o temprano sabías que lo iba a encontrar. Era cosa de tiempo. Porque la vida, se vive por procesos. Y a todos siempre nos pareció, que la soltería era algo que a Ximena le venía mal. Era algo que tenía que cerrar.

Uno nunca se imagina lo que pesa la familia. Ximena, como cualquier chica moderna, venía de una casa con padres separados. Pero no la pasaba mal. No le causaba problemas. Aunque puede que por eso, se esforzara tanto por ser feliz. Era difícil darse cuenta. Salía más fácil verla como la matea de lentes. Me pasé horas hablando de eso. Acusándola y defendiéndola. Podías odiarla, no era difícil. Estéticamente, Ximena era todo lo que debía ser. Leía Cosmopolitan y veía Sex and the city. Sabía quien era Ferran Adrià y miraba películas de Gus Van Sant. Aunque si llegabas a conocerla, entendías que a pesar de todo, lo que más le gustaba era mirar comedias románticas. A mí al menos, me costó. En clases era crítica y en el patio podía ser muy pesada. Pero si te la topabas en su casa un domingo, usando un pantalón de buzo, con un cintillo sobre su cabeza y sujetando una taza de té, te quedaba claro. Ximena quería que algo grande le pasara. Quería un evento.

Lo malo de creer en procesos, es ver cuando los tuyos no se cierran. Te desespera. Mientras le gente de su edad se graduaba, Ximena preparaba solemnes. Y eso no era todo. Porque poco a poco, ella fue conociendo las despedidas: de solteras y del país. Y es que cuando creces, eso es lo que te pasa. O te casas o te vas. Ximena seguía ahí. En el living de su casa, usando pantuflas y viendo películas de Meg Ryan. Cambiar de vida nunca es gratis. Menos aún, cuando cumpliste los 25.

La gracia de la vida es que es improbable. No sé si por virtud o defecto, un día Ximena dejó de mirar hacía arriba. O hizo una pausa al menos. Un jueves, me invitó a un matrimonio. Y cuando has pasado tanto tiempo con ella, sabes que los matrimonios son algo importante. O por lo menos, es lo que he querido creer.

Me pasó a buscar un sábado, dos semanas después. Y tuve que comprarme un terno. Pero cinco minutos para las ocho, ella estaba ahí. En mi reja. Hablando con mis viejos. Era improbable, pero supongo que la amistad también tiene sus procesos. Y sus velocidades. Mis viejos nunca salen a saludar a alguien. Menos cuando es de noche. Pero así y todo, ahí estaban. Con ella, sonriendo. Uno sólo podía detenerse y mirar desde atrás. Porque cuando una persona logra una cosa tan improbable con un matrimonio cansado y disfuncional, lo sabes. Más que un evento, Ximena era una imposibilidad. Y eso es algo, que puede partir a cualquiera.

1 Comments:

Anonymous Zanit said...

La verdad es que la imposibilidad no existe... si logras pensar que algo puede suceder aunque sea por un segundo, ya deja de ser imposible...

6:06 PM  

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