La Previa
Pocas cosas han sido tan constantes en mi vida. Así y todo no había llegado a ser costumbre. El ron había sido de las pocas cosas que aprendí en la universidad. Creo que siempre me dio un poco lo mismo. Nunca pensé que el pisco fuera malo. Pero tomar solo, era algo que pocas veces me dejaba hacer. Además, tomar ron con Gonzalo tenía su gracia. Me podía arreglar el día. No me acuerdo cómo fue que llegó a convencerme. Cómo fue que empecé a gastar el doble. Podría haber tomado con varios más. Pero de una u otra forma, siempre terminaba gastando un poco más para sentarme con él. Y tomar. En su cocina. Esperando a que alguien más llegara.
Tenía varios recuerdos de su cocina. La casa de Gonzalo, por lo general, siempre me traía buenos recuerdos. Sus viejos, a diferencia de los míos, sí parecían quererse. Entonces de vez en cuando, caminaba los tres minutos que separaban su casa de la mía, para ver cómo era que funcionaba una familia de verdad. Excusas no me faltaban. Podía ser para ver el fútbol, bañarme en la piscina o ir a tomar. La última siempre fue la que me gustó más. Porque Gonzalo, cuando tomaba, era otro personaje. Ponía otras caras. Hablaba de otra forma. Y fumaba.
Se supone que la gracia de hacer previas, es prenderse para algo. Casi siempre con prisa. Entonces pescas tu vaso, te sirves harto y te lo tomas rápido. Con Gonzalo nunca tuvimos prisa. En cinco años, pocas veces salimos apurados. Eso lo emputecía. A Gonzalo nadie lo sacaba de sus velocidades. Uno aprendía a lidiar con eso. Porque con él, nunca llegué a la hora a alguna parte. Pero nunca no llegué tampoco.
Una de las cosas que separaban la casa de Gonzalo de las del resto, era que vivía al lado de dos botillerías. Hice varias caminatas a esas botillerías. En una incluso, terminé agarrando novia. Comprar ron cuando te sabías al nombre del dueño del local, tenía un gusto distinto. Sentías que le estabas comprando a un conocido. Tal vez a un amigo. Y el tío Gastón del Luz de luna, te daba esa confianza. Nunca tuve amigos en la plaza (y eso que vivía al lado de dos). Nunca hablé con mis vecinos. Pero me sabía el nombre del dueño del Luz de luna. Y de alguna forma, eso no se sentía mal.
Te das cuenta de que tienes un amigo, cuando sabes manejarte en su cocina. Cuando su casa y su rutina, también pasan a ser tuyas. En la casa de Gonzalo yo sabía donde estaba todo. Los vasos y el hielo; el pan y el queso. Si devuelta de una fiesta andaba con hambre, yo podía llegar y hacerme algo en su cocina. Eso era impagable.
Felipe y Pancho llegaron después del primer vaso. Gonzalo aún estaba en piyamas. Así que me hice otra mientras él subía a cambiarse. Ahora, cuando entras a estudiar periodismo, lo primero que te dicen es que vas a conocer muchas minas. Y de todas esas, al menos un par terminarían siendo tus amigas. Pero después de cinco años, terminamos siendo los cuatro. De alguna forma, siempre terminábamos hablando de eso. De cómo fue que partimos un grupo, que en principio era grande. Porque en verdad lo era. Lo bueno de eso, era que en los fines de semana, siempre teníamos adonde ir. Nos juntábamos en San Miguel, Plaza Italia o Las Condes. Y cuando eres un post-púber de 18, que nunca ha bajado de Providencia y nunca ha tenido amigas, cómo yo en primer año, eso se agradecía. Puta que se agradecía. Porque le daba un aire distinto a las cosas. Me acuerdo que lo dije. Cuando cumplí 19, Gonzalo y Jaime me llevaron al Carmobar porque tenían que hablar algo conmigo. Entramos y estaban todos esperándome. Era una sorpresa. Si me preguntas a mí, de las mejores que he tenido. Amigos, cerveza barata y una tarde de octubre. Creo que no se podía pedir más.
Gonzalo bajó al rato. Y empezamos a hablar de lo que había que hablar. Chile había perdido 2-0 de visita con Costa Rica. Era algo que había que comentar. Pocas cosas me gustaban más que hablar de fútbol con mis amigos. En parte, porque el fútbol había sido algo que había aprendido con ellos. Durante cinco años habían tenido la paciencia de enseñarme de que no se marca al arquero, de que los goles son dentro del área, de que había que llegar a la hora y de que se ganaba y perdía como equipo. Ahora, generalmente a las minas les aburre que sus amigos hablen de fútbol. Pero si piensan eso, es porque realmente no entienden lo que ellos están diciendo. Cuando un hombre habla de fútbol, no está hablando sobre fútbol. Está hablando sobre él. Si te dice que prefiere jugar con tres en el fondo, te está diciendo que es un tipo arriesgado. Si dice que con cuatro, es que le gustan las estructuras sólidas. Tradicionales. Si te dice que jugaría con cinco defensas, cuatro volantes y un delantero, es que le gusta el empate. En cambio si dice que prefiere con un delantero, acompañado de un enganche atrás, es de los que ataca, pero siempre insinuando algo más. Hablar de fútbol era la forma más fácil de llegar a conocer a alguien. Nadie te mentía.
Hablar de fútbol siempre llevaba a otras cosas. Como a las minas, por ejemplo. En esa mesa en la cocina de Gonzalo, cada uno tenía sus historias. Y sus errores. A Felipe le habían jugado malas pasadas. En cinco años había tenido dos novias y no creo que después de eso, deseara tener muchas más. Pocas veces conocí a un tipo así. Felipe era capaz de aguantar. Las pataletas, las mañas y los caprichos. Pero nunca pudo con las inseguridades. Las minas universitarias son una raza muy especial. Quieren ser profesionales e independientes. Se imaginan a cargo de cosas. Haciendo cosas. Se imaginan distintas a sus madres y abuelas. Y eso siempre suena muy bien. Pero una vez que las conoces, te das cuenta de que lo único que buscan es otra figura paterna. Felipe, a pesar de sus ganas y lealtad, nunca fue eso para ellas. Felipe era un compañero. Y en la universidad, los compañeros siempre son desechables.
A Pancho le había tocado una mano distinta. Tuvo sus encontrones por ahí y por allá, pero nunca una mina en serio. Yo creo que se moría de ganar de tenerla. Porque por más de que nosotros habláramos de lo jodidas que podían ser, pienso que lo único que quería Pancho, era tener alguien que le dejara llamadas perdidas en el celular o que le exigiera que la fuera a ver. Pancho quería que le exigieran cosas. Y partió exigiéndose él. Mientras nosotros hacíamos nuestras prácticas o avanzábamos en nuestras tesis, Pancho se encerró un par de días en una clínica del cerro. Iba a operarse el estómago. Quería sentirse mejor. Y aquí estaba. Acostumbrándose y esperando. Es curioso como uno nace con las virtudes que termina necesitando. Para Pancho era la paciencia.
Gonzalo había sido una historia aparte y distinta. Tan distinta a la mía, que me cuesta entrar a explicar. Quizás era por el reflejo de sus viejos. Quizás no. Pero de todos nosotros, Gonzalo había sido el único que entendió que la felicidad consistía en ceder un poco. Así había durado tres años. Su pololeo había pasado a ser una cosa normal para nosotros. Casi una rutina. Gonzalo con la Camila. La Camila con Gonzalo. Había días en que no podía salir porque estaba con ella y había ratos en que no podía juntarse a tomar ron, porque estaba con ella. Pero te acostumbrabas. A pesar de todas las putas ideas conflictivas que pudieras tener. Los dos pasaron varias temporadas. Tuvieron sus momentos. Y cuando ella estuvo mal, él la sostuvo con un oficio que no podía sino hacerte sentir un pendejo. Gonzalo también estuvo mal. Ella trató. Así que cuando se separaron, era difícil no pensar que a él le había tocado lo peor parte del trato. Pero eso había sido hace ya unos meses. Gonzalo estaba bien. Al menos pretendía estarlo. Y era extraño. Porque después de cinco putos años, daba la impresión de que a Gonzalo había que volver a empezar a conocerlo. Lo de antes, sólo había sido una previa.
Nos quedaba apenas un mes de clases y después egresábamos. Se suponía que este iba a ser nuestro gran semestre. La íbamos a romper. Pero nada de eso pasó. Yo ya no aguanto el patio y trato de quedarme lo menos posible en la facultad. No ando con ganas de conocer a más minas que me hablen de lo grandes reporteras que van a ser afuera o de lo mucho que aman el periodismo. De ese patio, me llevo muy poco. Prefiero quedarme con las conversaciones en la cocina de Gonzalo. Porque después del fútbol, las minas y la tercera roncola, habíamos vuelto a ser cuatro.
Tenía varios recuerdos de su cocina. La casa de Gonzalo, por lo general, siempre me traía buenos recuerdos. Sus viejos, a diferencia de los míos, sí parecían quererse. Entonces de vez en cuando, caminaba los tres minutos que separaban su casa de la mía, para ver cómo era que funcionaba una familia de verdad. Excusas no me faltaban. Podía ser para ver el fútbol, bañarme en la piscina o ir a tomar. La última siempre fue la que me gustó más. Porque Gonzalo, cuando tomaba, era otro personaje. Ponía otras caras. Hablaba de otra forma. Y fumaba.
Se supone que la gracia de hacer previas, es prenderse para algo. Casi siempre con prisa. Entonces pescas tu vaso, te sirves harto y te lo tomas rápido. Con Gonzalo nunca tuvimos prisa. En cinco años, pocas veces salimos apurados. Eso lo emputecía. A Gonzalo nadie lo sacaba de sus velocidades. Uno aprendía a lidiar con eso. Porque con él, nunca llegué a la hora a alguna parte. Pero nunca no llegué tampoco.
Una de las cosas que separaban la casa de Gonzalo de las del resto, era que vivía al lado de dos botillerías. Hice varias caminatas a esas botillerías. En una incluso, terminé agarrando novia. Comprar ron cuando te sabías al nombre del dueño del local, tenía un gusto distinto. Sentías que le estabas comprando a un conocido. Tal vez a un amigo. Y el tío Gastón del Luz de luna, te daba esa confianza. Nunca tuve amigos en la plaza (y eso que vivía al lado de dos). Nunca hablé con mis vecinos. Pero me sabía el nombre del dueño del Luz de luna. Y de alguna forma, eso no se sentía mal.
Te das cuenta de que tienes un amigo, cuando sabes manejarte en su cocina. Cuando su casa y su rutina, también pasan a ser tuyas. En la casa de Gonzalo yo sabía donde estaba todo. Los vasos y el hielo; el pan y el queso. Si devuelta de una fiesta andaba con hambre, yo podía llegar y hacerme algo en su cocina. Eso era impagable.
Felipe y Pancho llegaron después del primer vaso. Gonzalo aún estaba en piyamas. Así que me hice otra mientras él subía a cambiarse. Ahora, cuando entras a estudiar periodismo, lo primero que te dicen es que vas a conocer muchas minas. Y de todas esas, al menos un par terminarían siendo tus amigas. Pero después de cinco años, terminamos siendo los cuatro. De alguna forma, siempre terminábamos hablando de eso. De cómo fue que partimos un grupo, que en principio era grande. Porque en verdad lo era. Lo bueno de eso, era que en los fines de semana, siempre teníamos adonde ir. Nos juntábamos en San Miguel, Plaza Italia o Las Condes. Y cuando eres un post-púber de 18, que nunca ha bajado de Providencia y nunca ha tenido amigas, cómo yo en primer año, eso se agradecía. Puta que se agradecía. Porque le daba un aire distinto a las cosas. Me acuerdo que lo dije. Cuando cumplí 19, Gonzalo y Jaime me llevaron al Carmobar porque tenían que hablar algo conmigo. Entramos y estaban todos esperándome. Era una sorpresa. Si me preguntas a mí, de las mejores que he tenido. Amigos, cerveza barata y una tarde de octubre. Creo que no se podía pedir más.
Gonzalo bajó al rato. Y empezamos a hablar de lo que había que hablar. Chile había perdido 2-0 de visita con Costa Rica. Era algo que había que comentar. Pocas cosas me gustaban más que hablar de fútbol con mis amigos. En parte, porque el fútbol había sido algo que había aprendido con ellos. Durante cinco años habían tenido la paciencia de enseñarme de que no se marca al arquero, de que los goles son dentro del área, de que había que llegar a la hora y de que se ganaba y perdía como equipo. Ahora, generalmente a las minas les aburre que sus amigos hablen de fútbol. Pero si piensan eso, es porque realmente no entienden lo que ellos están diciendo. Cuando un hombre habla de fútbol, no está hablando sobre fútbol. Está hablando sobre él. Si te dice que prefiere jugar con tres en el fondo, te está diciendo que es un tipo arriesgado. Si dice que con cuatro, es que le gustan las estructuras sólidas. Tradicionales. Si te dice que jugaría con cinco defensas, cuatro volantes y un delantero, es que le gusta el empate. En cambio si dice que prefiere con un delantero, acompañado de un enganche atrás, es de los que ataca, pero siempre insinuando algo más. Hablar de fútbol era la forma más fácil de llegar a conocer a alguien. Nadie te mentía.
Hablar de fútbol siempre llevaba a otras cosas. Como a las minas, por ejemplo. En esa mesa en la cocina de Gonzalo, cada uno tenía sus historias. Y sus errores. A Felipe le habían jugado malas pasadas. En cinco años había tenido dos novias y no creo que después de eso, deseara tener muchas más. Pocas veces conocí a un tipo así. Felipe era capaz de aguantar. Las pataletas, las mañas y los caprichos. Pero nunca pudo con las inseguridades. Las minas universitarias son una raza muy especial. Quieren ser profesionales e independientes. Se imaginan a cargo de cosas. Haciendo cosas. Se imaginan distintas a sus madres y abuelas. Y eso siempre suena muy bien. Pero una vez que las conoces, te das cuenta de que lo único que buscan es otra figura paterna. Felipe, a pesar de sus ganas y lealtad, nunca fue eso para ellas. Felipe era un compañero. Y en la universidad, los compañeros siempre son desechables.
A Pancho le había tocado una mano distinta. Tuvo sus encontrones por ahí y por allá, pero nunca una mina en serio. Yo creo que se moría de ganar de tenerla. Porque por más de que nosotros habláramos de lo jodidas que podían ser, pienso que lo único que quería Pancho, era tener alguien que le dejara llamadas perdidas en el celular o que le exigiera que la fuera a ver. Pancho quería que le exigieran cosas. Y partió exigiéndose él. Mientras nosotros hacíamos nuestras prácticas o avanzábamos en nuestras tesis, Pancho se encerró un par de días en una clínica del cerro. Iba a operarse el estómago. Quería sentirse mejor. Y aquí estaba. Acostumbrándose y esperando. Es curioso como uno nace con las virtudes que termina necesitando. Para Pancho era la paciencia.
Gonzalo había sido una historia aparte y distinta. Tan distinta a la mía, que me cuesta entrar a explicar. Quizás era por el reflejo de sus viejos. Quizás no. Pero de todos nosotros, Gonzalo había sido el único que entendió que la felicidad consistía en ceder un poco. Así había durado tres años. Su pololeo había pasado a ser una cosa normal para nosotros. Casi una rutina. Gonzalo con la Camila. La Camila con Gonzalo. Había días en que no podía salir porque estaba con ella y había ratos en que no podía juntarse a tomar ron, porque estaba con ella. Pero te acostumbrabas. A pesar de todas las putas ideas conflictivas que pudieras tener. Los dos pasaron varias temporadas. Tuvieron sus momentos. Y cuando ella estuvo mal, él la sostuvo con un oficio que no podía sino hacerte sentir un pendejo. Gonzalo también estuvo mal. Ella trató. Así que cuando se separaron, era difícil no pensar que a él le había tocado lo peor parte del trato. Pero eso había sido hace ya unos meses. Gonzalo estaba bien. Al menos pretendía estarlo. Y era extraño. Porque después de cinco putos años, daba la impresión de que a Gonzalo había que volver a empezar a conocerlo. Lo de antes, sólo había sido una previa.
Nos quedaba apenas un mes de clases y después egresábamos. Se suponía que este iba a ser nuestro gran semestre. La íbamos a romper. Pero nada de eso pasó. Yo ya no aguanto el patio y trato de quedarme lo menos posible en la facultad. No ando con ganas de conocer a más minas que me hablen de lo grandes reporteras que van a ser afuera o de lo mucho que aman el periodismo. De ese patio, me llevo muy poco. Prefiero quedarme con las conversaciones en la cocina de Gonzalo. Porque después del fútbol, las minas y la tercera roncola, habíamos vuelto a ser cuatro.

6 Comments:
Una vez más me encantó lo que escribiste Ian, a ver si algún día rompen el hielo y me invitan a una previa, claro que llevo mi pisco porque no paso el ron..
besossssssssssssssss
hay una sola cosa que no puedo tomar y es el ron. Con los años también cae mal el pisco así que opte por los tragos como de "mina". Y eso , si que sale caro.
¡Saludos!
husmeando un blog encontré el tuyo, nada especial.
Y como te digo por messenger, lo repito por acá, me da lata que escribas tan largo, pero finalmente me rindo y leo todo.
Escribe pronto flaquito así me entretienes las tardes de domingo.
Y cambia esa mala imagen que tienes de mi ahahaha soy un angel... antes que todo.
:)
oye, excelente tu autoretrato que me encontre en una pagina media extraña. En realidad excelente todos.
Besitos.
Me ha encantado la frase : "te das cuenta de que tienes un amigo cuando sabes manejarte en su cocina"
por la tortilla de patatas!!
besos
clara
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