cartas de un amargo

viernes, noviembre 09, 2007

La ciudad que yo conozco, La ciudad que no gana

Estos son los tres cuentos que mandé al concurso Santiago en cien palabras. Uno aspira y uno participa. Pero uno no siempre gana. El jurado registró más de 55.000 cuentos envíados. Después de revisarlos, se quedaron con once. Acá los publico. Por mí y por todas las otra caras de Santiago, que fueron olvidadas.
Plegaria
-El que pierde soy yo. Uno se enamora en el metro todos los días, y nunca hace nada. Te miré y pareció no molestarte. Incluso, te diste el tiempo para sonreír. Pasaron las estaciones, el vagón se fue despejando, y a ratos, también me miraste. Podrías decir que el que pierde soy yo. Aunque si lo piensas, si me bajo solo en la próxima estación, mi vida seguirá igual. Pero necesitaba decírtelo. A pesar de que no te conozco. A pesar de que no sabes nada de mí.
-Disculpa, ¿me dijiste algo? Estaba escuchando mi iPod.
-No. No dije nada.
Cierre de transmisiones
Vicuña Mackenna parecía un buen lugar para morir esa noche. Pocos autos en la calle, pocos transeúntes sobre las veredas. Y muchas paredes con las que chocar. Con Felipe veníamos de vuelta. La fiesta se acababa. Sólo quedábamos los dos. Habíamos terminado nuestras carreras. Habíamos sido buenos alumnos. Pero seguíamos siendo cesantes.
-Creo que podría trabajar en un bar, me decía.
-Si haces eso, termino siendo alcohólico.
Se rió. A las cinco de la mañana, subíamos por Bilbao. Aceleré.
-¿Qué pasa si nunca logramos algo?, le pregunté.
-Flaco…
-Si sé.
-Flaco, luz roja.
Íbamos a 150 kilómetros por hora.
El patrono de los perdidos
Era una bala perdida. Santiago salió de su casa un primero de noviembre. El día de todos los santos. Estaba descalzo y usaba una polera negra de Radiohead. Lo había intentado antes. Pero ahora era distinto. Poco antes de dar con las aguas del Canal San Carlos, Santiago desapareció. Dejó de ser él y pasó a ser una obsesión que nos sacudió por diez días completos. No nos dimos cuenta. Pero las ganas de encontrarlo, eran porque todos sabíamos que su tragedia, era nuestra tragedia también. Y de toda nuestra puta ciudad. Santiago lloró a Santiago. Tenía 18 años.