cartas de un amargo

sábado, abril 05, 2008

High School Musical

Santiago no era una fiesta. Sólo era una ilusión. Soda Stereo llenaba el Nacional y de pronto, todo parecía remontarse diez años atrás. Esta ciudad sufría una suerte de fiebre por el pasado. Éramos pura melancolía. Santiago quería volver a recordar a Santiago. Lo de Soda, era sólo una excusa. Pero los meses de fin de año les traen recuerdos a todos. No sólo a los fanáticos de las bandas que se vuelven a reunir. A nosotros también nos tocaba. Habían pasado cinco años desde que habíamos salido del colegio. Y ahora nos tocaba nuestra reunión. Santiago era una fiesta de nostalgia. Ese sábado, nosotros también.

Primer Acto: El Cielo
Los amigos que haces en el colegio, tienen algo que ningún otro amigo que hagas podría tener. Como una colección de todos los recuerdos que seguramente querrías olvidar. Los nombres de todas las minas que nunca te pescaron, los peores goles que te perdiste, y las peores espinillas que en tu vida irás a tener. A ellos no podías mentirles. Por más que te dejaras crecer el pelo y la barba. Por más que ahora tuvieras un poco más de confianza. Por que aunque trataras de esconderlo, ellos seguirán viendo al tipo que le tenía miedo a las escaleras y corría del recreo a la sala, para no tener que darle a nadie de su colación. Podías odiarlos. Podías negarlos todo lo que quisieras. Pero nunca les podrías mentir.

Nicholas siempre fue distinto. Tenía sus propios tiempos y velocidades. Llegó un día de primero básico y todos lo apuntaron. Llevaba una mochila de las Tortugas Ninja. Debe haber sido la única en Chile. Pero en vez de lucirse, Nicholas se escondió. Era un tipo que poco a poco fue aprendiendo, que si las dejaba, buenas cosas podían pasarle. El privilegio fue ver el proceso y los quiebres. Porque Nicholas era alguien, a quien le costaba tratar con otras personas. Ese sábado, fue el primero en llegar a mi casa.
-Me agarré a una mina ayer, dijo.
-Pero la raja, ¿o no?
-No sé. Es que igual no me gustaba mucho.
Prendimos el Play y pusimos el Winning Eleven. No hace mucho, nos pasábamos todas las tardes del viernes jugando. Hacíamos campeonatos y se armaban clásicos. Nacían rivalidades y las pasábamos con pizza. No manejábamos y no teníamos pase escolar. Pero todo siempre quedaba a una micro de distancia. No había minas y no había carreras. El mundo nunca fue tan simple como a los 16 años.

Marito llegó quince minutos más tarde. Marito en verdad se llamaba Matthew. Pero cuando recién llegó, un profesor de matemáticas no supo leer su nombre y optó por improvisar.
-De aquí en adelante te llamas Marito.
Fue su segundo bautizo.
Para un grupo de inadaptados, que no jugaba bien al fútbol y que apenas podía armarse de valor para conversar con alguna compañera, tener a alguien como Marito era especial. El tipo tenía auto y arrastre. Pero así y todo decidía juntarse con nosotros. Con él, caminamos el Valle del Elqui y dormimos en dunas. Con él tuvimos nuestras primeras conversaciones de sexo, con alguien que efectivamente sabía algo del tema. La gente que vive lejos parece tener otro concepto del tiempo. Lo miden de otra forma. Saben darle su precio. Entre su polola y los peajes; entre el cerro y los cuarenta minutos que de su casa en Chicureo nos separaban, Marito se encargó de darnos algo que nunca antes habíamos tenido. Sentido común y la concepción de que a veces, era mejor reírse que gritar.
-¿Así que te agarraste una mina, Nicholas?, siguió él.
-Sí.
-¿Y era rica?
-No mucho. Pero un gol es un gol, ¿cierto?
Marito sabía de computadores y programas elaborados. Pero siempre fue el peor para el Winning. Así que hacía, lo que todos los tipos malos para el Winning hacen. Escogió al mejor equipo.
-Voy con el Barcelona.
Nicholas eligió al Bayern Munich. No es un mal equipo, pero nunca será el Barcelona. Mario lo sabía. Daba un poco lo mismo, el partido que nos interesaba era otro.
-¿Y te la pisaste?, siguió Mario.
-Puta no. Pero la podría haber hecho.
-¿Qué pasó huevón?
-No sé. Como que no quería en verdad. Me la llevé para la casa, estuvimos en mi pieza y yo no hice nada. Ella me decía eris bien pavo tú.
-Puta huevón. La cagaste. Hay huevones que alegan porque no tienen mina. Y está bien. Pero tú tenís una en tu pieza y le decís que no. La próxima vez que estís caliente y no tengai a nadie, no tenís derecho a alegar.
-Puta. Es que a veces después de tirar, me baja lo culpa. Y como que pienso, esto lo podría haber hecho solo.
Marito ganó 2-1. Después del comentario de Nicholas, a nadie pareció importarle.

Segundo Acto: El Purgatorio
El colegio al que fuimos ya no existe. No físicamente al menos. Porque al que nosotros conocimos, lo botaron y montaron otro encima. La matrícula sube. La infraestructura también. Después de Mario y antes de las pizzas, Troco y Soto llegaron. Troco se llamaba Rodolfo, pero le decíamos así porque alguna vez le gustó una mina a la que todos le decíamos el Trauco. Cuando llegó a nuestra sala en segundo básico, Troco debió haber sido el niñito más asustado del planeta. Pero tenía sus razones. Venía de Israel.
-Esto parece un mall, dijo.
Yo pensé lo mismo.

Llegar al área del cóctel fue raro. Demasiado cordial y demasiado formal. Pero todo se respiraba igual. Sólo habíamos cambiado el uniforme por trajes y uno que otro kilo de más. La misma gente, los mismos grupos y esa misma sensación de estar en el lugar equivocado. Lo único que habían cambiado eran las conversaciones. Ahora, todo era frío y protocolar.
-Buena, ¿cómo estai?, me preguntaban.
-Bien pos. ¿Tú?
-Bien también.
-Ahh, que bueno.
Todo se terminaba con una palmada en la espalda. Creo que repetí el diálogo unas cincuenta veces. Pero claro, me daba espacio para hacer pequeñas variaciones. Mientras tomaba del vino que había en la mesa, pensé en esto. La moral del cóctel. De conversar mucho y no decir nada. De hablar de lo bien que te ha ido en la vida, para luego sonreír y pegarse otra palmada en la espalda. Tuve que buscar otra copa.

A veces le gente se detenía a preguntar qué estabas estudiando.
-Periodismo, contestaba. Periodismo en la Portales.
-¿Te queda mucho?
-Poco.
-¿Y te encantó la carrera?
Creo que podría haber contestado la verdad. Que la mayor parte de las veces se trata de una carrera sin futuro, en la que se inscriben niñitas bien que buscan algo qué hacer por cinco años, antes de casarse con su marido ingeniero. El resto se componía de post depresivos, apitutados, o gente sin ningún tipo de talento, pero con unas ganas terribles de ser conocidos. Los exitosos serían los menos. Aunque claro, eso no era lo que la gente quería escuchar. Estábamos en un evento por el que cada uno había pagado 16.500 pesos. Por un valor así, nadie quería recibir un comentario amargado. Decidí seguir el juego.
-Sí. Me encantó. Muchísimo.
Con suerte, después de eso se irían.

Miré las fotos que pasaban por el proyector. Creo que salí en dos. Tal vez tres. Pálido, púber y flacuchento. Nada parecido a lo que esperarías en un comercial de Ruta Norte o Cristal. Ninguna foto en la playa y ninguna foto sonriéndole al flash con el pelo mojado y una botella de pisco en la mano. Después de la tercera copa de tinto, tuve la idea de que quizás, nunca había estado ahí con esta gente. No era parte de la memoria colectiva. Ese no era mi lugar. Mario estaba con su polola y Troco hablaba por celular con la suya. Busqué a Nicholas.
-Esta huevá es muy fuck you in the ass. Vámonos mejor, me dijo.
Y volví a sentirme cómodo.

Acto Final: El Infierno
Estuve en el infierno. Y es un bar lleno de yuppies, que sudan bailando reggaetón. Con Nicholas habíamos decidido ir sin parejas. Podríamos haber invitado a alguien. Minas con ganas de ponerse un vestido y tomar gratis nunca faltan. Había amigas, amigas de amigas y ex pololas. Pero estábamos mejor así. Solos y sin ninguna responsabilidad.

Es curiosa la fauna que se forma en un evento formal. Sobre todo si se trata de una fiesta donde tipos que no se han visto en cinco años, se vuelven a topar. Por que lo que diferencia a unos de otros, es la mina con que vas. Para un tipo, eso es tan importante como el traje. En ese bar de Santa Beatriz, sobraban los pelos alisados y vestidos strapless. Pero este tipo de reuniones tienen un valor agregado. Sirven para que los feos se rediman. Puedes haber sido gordo y desagradable, pero si llegas con varios kilos de menos y mucha conversación de más, tienes la posibilidad de arreglar todas las torpezas y trancas de una vida escolar. Aunque sea por una noche.

Después de un par de rones y cuando ya no quedaba nada más que pisco y cerveza, vi a Nicholas conversando con una mina. Era guapa. Polera a rayas y una falda demasiado corta como para no darse cuenta de que ella quería mostrar sus piernas. Tenía buenas piernas. Largas. Diría que elegantes. Por lo menos, desde una distancia. Le dije a Mario.
-Mira al campeón.
-Es bonita.
-Sí. Y creo que le tiene ganas.
Mario siguió el resto de la noche sentando con su polola. Y haciendo lo que los buenos pololos hacen. Sentarse al lado de su novia y las amigas y parejas de ellas, y hablar. Da lo mismo de qué. Puede ser de cómo se conocieron o de cuánto tiempo llevan juntos. Marito, tiene lo que a las minas les gusta llamar una relación consolidada. Lo que en breve significa, que perdiste el deseo de buscar algo más de lo que tienes al lado. Consolidarse es perder la ambición, por que de una u otra forma sabes que lo que tienes, puede ser demasiado bueno como para querer arriesgarlo. Pero se veían bien. Todo ese rincón, al menos.

En segundo medio tuve la poco feliz idea de escribir poesías. Toda la historia era un cliché. Había una mina rubia, un tipo demasiado asustado como para atreverse a conocerla y la imposibilidad de que algo bueno resultara de todo eso. Yo escribí poesías que fueron trágicamente malas. El problema fue que todos supieron. Porque escribir también es como tirar. Las primeras veces vas a ser muy malo. La gracia es hacer todo lo posible, para que nunca nadie vaya a saberlo. La rubia fue rubia y se lo dijo a todos. Yo perdí mi virginidad en público y ella terminó saliendo con un rugbista que probablemente estudiaba ingeniería. En el colegio, las rubias siempre ganan. Pero algo de eso había olvidado. Ellos me lo habrían de recordar.
-¿Cómo va poeta?
Traté de reírme un poco.
-Novelista, por favor.
-¿Y cual es la diferencia?
Pensé en todas las cosas que habría podido decirle. Absolutamente todas. Una por una. Cuando dije novelista, la pareja del tipo se dio vuelta a mirar. Guapa. Trigueña, pelo alisado y vestido negro strapless. Un producto default de una fiesta donde ya me sentía demasiado extraño. Me sentí de vuelta en el colegio. Caminando por los pasillos sin nada que hacer y muy poco que probar. Repetir, es el antónimo de avanzar. Después de un par de horas, me acordé de todas las razones por las que nunca volvería al colegio. Nunca. Pero estaba ahí. Con mi terno, una cerveza y 16.500 pesos menos en el bolsillo. Le contestaría su puta pregunta.
-Que no escribimos en verso.

Caminé hasta la barra con todos los borrachos, los gordos y los ya no tanto. Me paré al lado de un tipo que no veía hace fácil diez años. Antes era atlético. Creo que jugaba rugby. Pero ahora estaba grande, con el pelo largo y barba. Con unos kilos de menos, se habría parecido a Jesús. Me contó que estudiaba cine. Y siguió hablando.
-Esto es como Los Vagabundos del Drama.
-No sabría decirte. Yo todavía no termino En el camino.
-No lo creo. No pensé que alguien más aquí sabría de Kerouac.
-Yo tampoco. Los niñitos de colegios ABS no leen mucho.
Es curioso lo que el sistema de colegios británicos puede producir. Por que si fuiste de los ganadores, es probable que después de un par de años seas un yuppie más trabajando en alguna empresa de El Golf, y tomando happy hours en Isidora Goyenechea. Y tendrás una mina trofeo. Perder te lleva a una vida totalmente opuesta. Llena de libros, grupos de música que nadie conoce y discusiones sobre el nuevo cine alemán. Pero a la hora de reunirse, cuando te fuerzas a ir a este trámite obligado de la parte que más has querido esconder de tu vida privada; cuando decides juntarte con tus antiguos compañeros de colegio, lo más probable es que termines sentado en la barra. Mirando. Bebiendo. Igual a cómo era cuando todavía no tenías la necesidad, de tenerte que afeitar.
Nicholas seguía bailando con la mina. Ella le tenía ganas, pero por esas invenciones femeninas como la dignidad y el respeto, le seguía corriendo la cara. Pero seguía sonriendo. Así como diciéndole a él, que lo volviera a intentar. Troco se había ido hace un rato. Tenía que ir a un funeral con su polola temprano al otro día. Era excusa suficiente. Soto seguía dando vueltas por alguna parte y Mario abrazaba a su novia. Me acordé del último día de clases. En un proyector gigante que habían instalado en el teatro, pasaron cientos de fotos de toda nuestra vida escolar. Pusieron Un amigo es una luz, de Los Enanitos Verdes. Todos se pusieron a llorar. Incluso Nicholas. Yo fui el único que no pudo. Me acuerdo que traté. Pero no pasó nada. Creo haber sentido pena, no por irme, sino que por no haber sentido nada. Me sentí sólo. Ahora, también.

Alrededor de la cuatro y media, Marito se llevaba a su polola y ofreció llevarme a la casa. Acepté. A la salida, había otra pareja. Ebria, pequeña y triste. Uno se acercó a hablarme. Me imagino que a modo de despedida.
¿Oye, pero qué sentiríai si leyerai los poemas que haciai en el colegio, huevón?
La respuesta era una.
-Vergüenza, huevón. Nada más que vergüenza.

Al otro día llamé a Nicholas.
-¿Cómo te fue con la mina?
-Bien, huevón.
-¿Y te la agarraste?
-Si. Nos tomamos un taxi pa mi casa y de ahí la fui a dejar en auto.
-Era bonita ella.
-Si. Me dio su msn, creo que la voy a agregar.
Supe que hubo problemas al final. Baños rotos, dueños que nos querían echar y música que dejó de sonar. Parece que no alcanzaron a irse a las manos. Me daba un poco lo mismo. Nicholas había agarrado. Por segunda noche consecutiva. Y con una mina jodidamente atractiva. Finalmente, se había redimido.

Yo tendré que esperar cinco años más.