cartas de un amargo

lunes, junio 09, 2008

Trabajo Inconcluso

Te prometo que algún día lo termino.

Partió por mi madre. Una mujer camina por el Paseo Ahumada. Va sola. Está embarazada. Sólo le quedan un par de meses. Una mujer de treinticinco camina por el centro de Santiago y nadie tendría por qué saber lo que ella tuvo que hacer para llegar hasta ahí. Para mostrar esa panza de siete meses. La gente pasa de frente, por los costados. Pasa por todas partes. A las cuatro de la tarde, todo el mundo tiene algún lugar donde debe llegar. Por eso es que no las ven. Pero si se detuvieran, las verían. Ahí están las visitas a los doctores, los intentos fallidos, las oraciones y los remedios caseros. A Mariana, que aún no había podido ser mi madre, todo le decía que tener hijos era imposible.

Mariana entendía eso de las probabilidades. Conocía los espacios para el margen. Sabía cómo funcionaban y que lo lógico, no siempre se encontraba con lo concreto. Que ella estuviera caminando por ahí, ya podía ser un accidente. Igual que su título de economista, su mudanza de Viña a Santiago y que ya pesar de que sólo le faltaban cinco años para cumplir los cuarenta, apenas llevaba uno de casada. Mariana era un producto marginal que comulgaba desquiciadamente con el equilibrio. Porque le gustaban los Beatles y Elvis igual que a todas sus compañeras del Saint Margaret’s, pero que era capaz de abandonar un semestre para trabajar en la campaña de Radomiro Tomic el setenta. Y así, reprobar el único ramo de su vida.

Uno podría decir que hasta ese punto, había fallado en varias cosas. Cosas en lo profesional y en lo sentimental. Cosas, en las que fallaban todos. Pero a pesar de eso, siempre se las arreglaba para mostrar que sus elecciones eran las correctas. Probabilidades y estadísticas. Mariana sabía que los números, los hechos, la vida, podían voltearse. Así se lo mostró a su padre cuando rechazó estudiar la carrera que él había estudiado, donde él había estudiado y a su madre que al verla tan grande y tan soltera, siempre le sugería adular a sus posibles candidatos. Esa, le decía, era la única manera de conseguirse uno. Y de paso, de que se fijaran en ella.

Durante buena parte de 1984, Santiago olió a humo, sudor y miedo. Se cumplían once años de dictadura militar en un país que a pesar de la débil institucionalidad, se había acostumbrado a vivir en su tambaleante democracia latinoamericana. Pero democracia al fin. Había que contarlos. Más de una década de Pinochet, toque de queda y La Moneda bombardeada por chilenos. Fue el año de las protestas. El año de saber golpear y esconderse. Mariana andaba por el centro. Igual que cientos de otras más. Siete meses en el vientre y el peso de dos personas sobre sus zapatos. Una madre que quiere serlo por primera vez, caminando sobre un país que una vez más, intentaba parirse a si mismo.

Antes de los gritos, fue el silencio. El silencio que detiene. El silencio que ve a la muerte. Un silencio que significa miedo. La sofocante cotidianidad del Paseo Ahumada a las cuatro de la tarde de un día de agosto, se suspende por una guerra que se volvía a estrenar. Primero fueron las balas, las molotov y el sacrificio de los frentistas, que curiosamente, aparecieron por la derecha. Después las tanquetas, las metralletas, las lacrimógenas y las bombas de humo de los militares, que sólo por esa vez, aparecieron por la izquierda. Mariana encerrada en el centro con el resto de los desafortunados de las cuatro de la tarde. Y tuvo que correr. Con el cuerpo de una embarazada y las ganas de no morir. Igual a como lo hicieron, todas las madres de 1984.

1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

y yo creia que no existia ni un poquito de amor en tu amargo ser

2:31 PM  

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