cartas de un amargo

miércoles, noviembre 05, 2008

Antes de que amanezca

Éste es el minuto donde me arrepiento. Donde la miro, le digo que tiene razón y pido que salga del auto. Que estuvo bueno. Que duró lo que tenía que durar. Pero que es mejor ahora. Porque todo podría terminar aquí, porque podríamos dejar de vernos y a nadie le va a importar mucho. Éste es el minuto donde me baja el sueño. Donde me da hambre. Cuando quiero volver a mi casa rápido, hacerme un sándwich y tirarme en la cama antes de que sea demasiado temprano. Éste es el momento, donde me acuerdo que el sexo raras veces vale la pena. Porque pase lo que pase, una vez que termine, ella va a seguir ahí. Tirada en mi cama. Sin ganas de vestirse pronto y pidiéndome que la abrace. Y a mí, nunca me gustó abrazar.

Todo cambió cuando Felipe consiguió novia. No por que lo envidiáramos. De hecho, la mayoría de las veces que nos juntábamos con Gonzalo, nos dedicábamos quince minutos a pelarlo. Porque había cambiado. Porque estaba distinto. Porque ya no era Felipe. Sino que este otro tipo, demasiado feliz, demasiado en equilibrio y demasiado rosado como para haber sido nuestro amigo que amenazaba con una muerte prematura y a exceso de velocidad. Y los tipos que mueren rápido y chocan contra paredes, necesitan estar solos. Así eran las reglas. Partió cuando Felipe consiguió a Valeria, porque nos desajustó la rutina y los compromisos. Felipe, como los buenos pololos hacen, comenzó a tomar menos y empezó a preferir las películas nocturnas en casa de Valeria cuando el fin de semana, no tenía mucho que ofrecer. Porque pololear, entre otras cosa, significa ver películas. No porque te hagas más cinéfilo. Sino porque las películas se ven con la luz apagada. Y una vez que el actor famoso y masculino, besa a la actriz guapa, famosa y sofisticada, te también puedes hacer lo mismo con tu novia. A veces, incluso un poco más.

Felipe le preguntó a Valeria si quería ser su chica, durante una fiesta en la que Gonzalo no estuvo. Porque estaba en el norte, aprovechando sus últimos días antes de entrar a trabajar, y peleándose con la dueña de casa, porque ella, una mujer independiente, profesional y soltera, no anda buscando un polvo amable cuando invita a un tipo a quedarse en su casa. Por alguna razón, ella sintió que a Gonzalo tenía que reiterárselo. Que le quedara claro. No iba a pasar. Pero Gonzalo, que sólo quería fumarse un par de porros en algún pueblo hippie -porque al estar tan lejos y escondidos no les quedaba otra- del norte, tuvo que entender en una semana, lo que muchas se demoran toda una vida. Enfrentar a una mujer soltera, es enfrentar sus restricciones, sus límites y la imaginaria idea, que ella tiene de si misma. Así me lo contó el domingo que volvió. Un día antes de entrar a trabajar luego de una para demasiado larga, mientras tomábamos unos conchos de cerveza que habían sobrado en su casa, y que su vieja le exigía no desperdiciar.

Me preguntó por lo de Felipe y le conté la historia. De cómo Valeria consiguió lo que quería y de cómo a Felipe no le importó ceder. Mal que mal, de eso se trataba todo esto. De armar tus límites y trancas, asustar a los que no importan y prepararse a abandonar todo cuando encuentres a la que logre desarmarte. Y sin que te des cuenta. A Gonzalo, que había pololeado unos tres años, pero ya llevaba poco más de dos soltero, la pregunta le quedaba dando vueltas. Felipe tenía novia.
-¿Y nosotros, Flaco? ¿Cuándo?
Yo le expliqué mi teoría. De que las chicas, eran como las pegas. Llegan cuando menos te lo esperas y las buenas cuesta mucho encontrar. Que lo mejor era no buscar. Porque simplemente llegan. Pero la pregunta seguía dando vueltas. No porque necesitáramos alguien que nos quisiese con urgencia. Para eso ya tenía una madre. Pasaba, que Gonzalo estaba sintiendo esa necesidad de que en su cocina, hubiera espacio para más. Para chicas que llegaran con nosotros, que fueran interesantes. Y de las que no hubiera que avergonzarse, el día después. Gonzalo, y al menos ese domingo yo también, queríamos tipas que volvieran.

A veces miraba la fecha de reojo. Dos semanas antes de mi cumpleaños, le dije a Valeria, la novia de Felipe, que tenía un mal presentimiento. Había cosechado la tradición de que en los últimos cinco años, siempre estaba con una mina para mi cumpleaños. No necesariamente con novia. Sino que con una de esas tipas que me acompañaban a la cocina de Gonzalo. Pero este año era distinto. Era la primera semana de octubre y yo sólo contaba historias que lograban captar la atención de mi amigos no por lo buenas, sino que por lo extremas que podían llegar a ser. Porque había tipas como la del Huracán, que me decían que parecía travesti, pero que de alguna forma lograba esquivar porque no me acordaba el día después, o como la de la chica con la que enganché en una fiesta, que después me invitó a su casa, que me pidió apagar la luz de su pieza y que justo antes de salir arrancado, me dijo que ella se moría si me iba. Después de correr por Santiago de noche y una vez que llegué a mi casa, sólo pude pensar en sacarme su olor de mis manos. A las cinco de la mañana, ya me daba asco.

En mi casa, mi madre me podía una novia. No demasiado en serio. Pero tampoco demasiado en broma. Pasaba que David, mi hermano, estaba junto a una tal Ale. Y Ale era amorosa, era tierna y era simpática. Además estudiaba ingeniería. Yo en cambio, era el hijo de la pose amargada que ya estaba empezando a cansar. Sobre todo durante los almuerzos de los domingos. Ahí fue cuando le dije a Mariana, que así se llama mi vieja, que me dijera cómo la quería. Porque así, si me daba todos los datos, podría buscarla en Facebook.

Lo curioso es que Facebook, le hizo caso a Mariana.

Durante este año, había empezado a hacer unas ayudantías en la Facultad de Periodismo. Y yo, ante todo, era de los que decía que un ayudante, y mucho menos un profesor, podía meterse con una alumna. Porque no correspondía. Porque no era de hombres. Porque las alumnas que lo hacían, siempre eran putas sin talento. Y esas a mí no me interesaban. Yo tenía mis principios y mis poses. Felipe no veía películas y Gonzalo, bueno, yo diría que desde que había terminado -y aunque él no lo admita- Gonzalo no quería más novias. Quería sacarse gustos. Y no había nada de malo en eso. El tema, es que dado el momento, todos sabíamos que íbamos a tener que renunciar a algo. No por amor ni nada parecido. Sino porque la idea de hombres que teníamos nosotros mismos, era meramente masturbatoria. Incluso, cuando a veces funcionaban.

Pero Milla no tenía idea de eso.

Ella llegó a clases sentándose al fondo cuando todos sabían que usaba lentes, llevando tacones aún cuando sabía que era por lejos la más alta del curso. Como diciendo Hey, yo sé que piensas que no me importa. Y tienes toda la razón. Pero la verdad es que la había visto antes. Hace tal vez unos cuatro años. Tenía esa pinta de haber sido la cool en su colegio. La que probablemente tenía un color distintivo, distinto del que tenían sus tres mejores compañeras. Porque en colegio, las chicas siempre se movían de a cuatro. Probablemente nunca había tenido espinillas y nunca había tenido que levantarse con la pubertad en el rostro y la vergüenza y la humillación en la sala de clases. Milla era demasiado alegre. Porque probablemente había tenido al novio que quiso y en el momento que quiso. Y porque probablemente, ella también se había dado el gusto de patearlo. Simplemente porque él, era demasiado pendejo. Y Milla, probablemente, estaba para cosas grandes.

En noventa minutos de clases me imaginé su fiesta de graduación con el tipo musculoso de pichanguera que hoy día probablemente estaba en algún afiche de MoviStar, o participaba activamente de la campaña de Ruta Norte, Cristal o Capel. Probablemente, ahora usaba bigote y jugaba de delantero en alguna liga de futbolito.

Milla hace cuatro años usaba poleras escotadas amarillas y shorts celestes. No sólo porque era alegre y probablemente ya conocía de memoria las playas de Brasil. Sino porque sabía que sus piernas largas, su estómago plano y sonrisa sospechosamente fácil, podían conseguirle cosas. Y sin mucho esfuerzo. Daba lo mismo si era ayer en el colegio. O hoy en la universidad. Claro, que ya no usaba poleras amarillas. En la primera clase, y para decirnos a todos que era parte del primer mundo y que seguramente ya sabía cómo era la movida en Nueva York, llegó con su iPod entre las manos (al que seguramente le tenía un nombre) y una polera que te dejaba claro que conocía y la gustaban las películas de Tim Burton. Incluso si no lo gritaba.

Y todo esto, me lo imaginé en un par de minutos.

Milla entró a clases. Se sentó al fondo y ya le había descifrado su vida. Sólo me faltaba inventar la historia del ex novio que le hizo perder la confianza en los hombres, que ahora buscaba tipos mayores, y que probablemente tenía un grupo de amigos gays. Un par de minutos y ella agarraba tu atención. Que podía ser prejuiciosa y llena de tripa. Pero, que lógicamente no tenía idea de todo esto, ni siquiera te miraba. Porque mientras se deshacía de su iPod y sacaba su cuaderno, lo tenía claro y lo anticipaba. Como diciendo hey, yo sé que piensas que no me importa. Y tienes toda la razón.

A la semana, se lo conté a Felipe. En la cocina de Gonzalo, tomando ron y contándole sobre el curso.
-Te la vas a agarrar -me dijo-.
-Yo no me meto con alumnas.

Después de esa clase, Milla no volvió a aparecer. Se había ido de viaje, tenía permiso de la universidad y no la veríamos en clases por al menos tres semanas. Sólo podías enterarte de ella por Facebook. Había viajado a Estado Unidos, había conocido lugares distintos. De esos, que para ti, sólo existen en fotos. También se había enamorado de Obama. En las imágenes, Milla aparece en parques inmensos y en antiguas tiendas de discos. Y mientras tú te enteras de todo lo que tenga que ver con ella, por una razón que sólo puede ser para odiarla más, ella te habla. Porque ahora, todo se produce por Facebook.

El resto, es lo evitable. Las fiestas donde nos topamos, las conversaciones que tuvimos y el hecho de que le explicara mi teoría, de porque ella necesitaba tacones. Porque claro, Milla tenía que caminar sobre el resto. Y así también intimidaba a los tipos que intentaban sacarla a bailar y sólo se guardaba la excusa de que no hablaba español para casos extremos.

En algún momento, me olvidé de que no me metía con alumnas. Aunque más que olvidar, fue el hecho de que simplemente dejó de importarme. A pesar de todo lo que había dicho y a pesar de que el profesor titular del ramo, también iba a ser mi próximo jefe en la pega que estaba apunto de comenzar. Y ahí es cuando ella me da un beso. O tal vez yo se lo di a ella. No una noche, sino que varias. No por un día, sino que durante semanas. Y todo partió a dos días de mi cumpleaños.

Éste es el minuto donde me arrepiento. Cuando ella me dice que está mal, que siempre aleja todo lo que intenta acercarse a ella, y que tarde o temprano, va a terminar boicoteándose. Éste es el minuto donde la miro, me doy cuenta de que está en mi auto, al frente de su casa y le digo que se vaya. Que me acuerdo que es mi alumna y que le gusta el Starbucks; que anticipo que es demasiado flaca, demasiado alta y con los ojos demasiado verdes. Y eso a Mariana podría ni gustarle. Porque las tipas que se saben guapas, también saben que siempre pueden arrancarse. Éste es el minuto, donde recuerdo a todas las minas que han estado sentadas antes ahí, donde está Milla. Y me acuerdo que me aburro. Que no me gusta hablar por teléfono. Que soy malo para mandar mensajes. Pero ella quiere hablar.
-Yo necesito a alguien que pueda estar ahí. Y que no le importe. A pesar de mí. A pesar de todo.
En Santiago, estaba apunto de amanecer.
-La verdad es que no te conozco. Y a pesar de estas últimas semanas, tampoco sé mucho de ti. Pero, obviando que estás en mi clase, no hay nada de ti que me desagrade. Nada.

Éste es el minuto en que me convenzo.

sábado, agosto 16, 2008

Busco Novia

Felipe se despertó sabiendo que tenía novia. Sin resaca. Sin dolores de cabeza. Pero con una tipa que lo estaba esperando. Y no se sentía mal. Tampoco descomunalmente bien. La verdad, es que entre un desayuno rápido y una amanecida brusca porque tenía que llevar a su hermana donde su nuevo novio, Felipe se detuvo en dos pequeños detalles. Tenía novia y en Santiago había llovido toda la noche. Y no era que le importara. Pero pronto, su casa, su barrio, su comuna y quizás toda esta puta ciudad, se iban a inundar.

Y seguía lloviendo.

Su hermana, a la que le decían Tata, que es como nombre de abuela, pero que venía a ser una suerte de segunda madre había encontrado a este Werner hace poco. Werner, claro, era el tipo nuevo. El novio de la Tata. Mientras Santiago se hacía pedazos con la lluvia helada, Felipe llevaba a su hermana donde Werner, pensaba en que tenía novia y se paseaba con esta idea un poco absurda, de que las mujeres necesitan estar con alguien, para poder ser felices. Y ahí estaba su hermana. Con varios kilos menos, mejor pinta, mejor facha y mejor ropa. Porque la Tata, que tenía nombre de abuela, se portaba como madre, pero finalmente era su hermana, también se había comprado ropa. Le quedaba bien. Se veía estilosa y qué carajo, porque no decirlo, andaba mejor. Lo que significaba que no lo jodía tanto y la casa andaba mejor. Digamos que esa felicidad espontánea que se supone les sucede a las minas cuando ya no están solas, sea un absurdo. Que no tenga base, fundamentos ni lógica. Pero ahí estaba la Tata. Saliendo un día de lluvia a ver a este tipo que se llamaba Werner, que para Felipe era más apellido que nombre, con buen ánimo. Y Felipe se despertó sabiendo que ella, Valeria, probablemente seguía durmiendo. Tenía novia.

Un par de semanas antes, cuando Valeria aún era Vaile y no se amanecía como novia, Felipe se despertó con dudas. Yo, que estaba durmiendo en la misma pieza prendí la tele y me topé con Amelie. Le dije a Felipe que se levantara carajo, que esta película le iba a aclarar todo. Felipe, por ponerlo de alguna forma, prefiere las historias reales con finales trágicos que son tan explosivas, hollywoodenses y llenas de velocidad y testosterona, que terminan siendo fenómenos de culto para machos alfas a quienes no les gusta el cine. A Felipe le gustaba Rápido y Furioso.

Le dije que no jodiera y pusiera atención. Porque en Santiago al menos, todas las minas querían ser como Amelie. Más lindas que ricas. Más francesas que gringas. Y con ese aire artísticamente desaliñado, que te da estampa para pasearte por lugares como el Parque Forestal o el Cine Arte Normandie, sin sentirte como un turista. La película es sobre cómo Amelie deja que Nino la encuentre. Después de mañas, caprichos, boicots, azar y finales antojadizos, el bueno de Nino encuentra a la francesita. Y a todas las santiaguinas se les parte el corazón.
-Ahí tienes -le dije- ¿entendiste ahora?
-Sí. Pero esta raza -porque nosotros a ellas les decíamos raza- no entiende bien los conceptos.
-¿Por?
-Porque la Amelie se tira al huevón, después del primer agarre. Y yo nunca he logrado que me suelten antes de pedir pololeo o mentir.

Felipe tenía toda la razón.

Ese día en que Felipe se levantó acordándose que era novio, yo me desperté sin resaca, pero con la boca seca. Poco a poco fui reconstruyendo la joda que había armado la noche anterior. Para eso, siempre servía mirar la billetera y enterarme de cuánto había gastado. Siguiendo los pesos, se unía la historia. Había sido en un bar de Manuel Montt en donde siempre me pasaba algo y bien ganado tenía su nombre. Se llamaba Huracán. Ahí había sido el primer lugar en que salí con Emilia, que ha sido la mina con lo que he tenido lo más cercano a una relación adulta. Pero también había sido el lugar donde pensé cómo carajo le iba a decir a mis viejos que serían abuelos, si a Johanna –que era mi ex novia y a quien había conocido hace exactamente dos años- las pastillas no le hacían ningún tipo de efecto. Y Johanna también estaba ahí hoy.

Cuando no bailas bien, tienes que aprender a suplirlo. Yo, por suerte, me di cuenta de que podía substituir mi cuerpo largo, tronco, sin ritmo ni gracia, con una boca que no encontraba dificultad en hablar sobre cualquier cosa. Con mi boca y tres roncolas, hacía lo que otros tipos hacen con el culo, la cintura y tres merengues en línea. Y eso, a algunas tipas les gustaba.

Johanna era una.

Habíamos durado un mes, pero podría haber sido un poco más o un poco menos. Ella, que era mujer, del otro equipo y de una raza diferente, sólo quería que la quisiesen. Que le dijeran que era bonita y que la abrazaran después del sexo. Y carajo, eso no era nada del otro mundo. Es más, se parecía mucho a eso que yo le digo rutina, pero otros llaman felicidad, estabilidad y bendito compromiso. De ella nunca me sorprendió demasiado su pinta. Estaba bien, tenía sus cosas. Pero de Johanna, lo que mejor me parecía, era lo entretenida que podía llegar a ser. Y ahí estábamos, un año después. Mientras Felipe conversaba y se convertía inevitablemente en novio, yo la miré un rato. Johanna era una buena tipa, pero insoportable en el largo aliento y en la repetición. Era, a fin de cuentas, igual que las películas del cojonudo de Nicholas Cage que tanto le gustaba. Llena de efectos especiales, sobrecargada de nombres reconocibles y saturada de chiches visuales. Pero se caía en el guión y en la tragedia de que por muchas explosiones que hubiera, los personajes -en algún minuto- igual tenían que hablar. Y ahí, yo perdía el entusiasmo.

No voy a entrar en detalles, porque estaba demasiado borracho como para recordarlo. No sé si fue ella quien me esquivó primero, o yo que el que le hice el quite después. Pero cuando me acerqué a saludarla, Johanna corrió la mejilla y punto. Ahí estaba mi ex novia, mientras Felipe se abalanzaba sobre la cuerda y estaba camino a ese lamentable momento que es pedirle exclusividad y compromiso a alguien. Fui a la barra, hablé con la primera fea que me miró y agarramos como agarra la gente desesperada que nadie quiere oficialmente. Creo que se llamaba Jessica y yo le dije que mi nombre era Gastón. Gastón Sanfillippo, por supuesto. El flaco Sanfillippo que correteaba pelotas en el San Ignacio de Alonso de Ovalle. Que era de donde salían los ignacianos de verdad, no como esos pechos fríos de Pocuro. Y todo era mentira, por supuesto. Pero Gastón Sanfillippo sonaba a literatura y yo hace años que quería ser escritor.

Jessica, si así es como se llamaba, era Relacionadora Pública y fácilmente puede haberme llevado unos diez años. De su cara no me acuerdo, pero adivino que estaba lejos de ser guapa y parecerse a Amelie. Jessica, si me preguntas con lo poco que me queda de memoria, estaba más cercana de entrar en la categoría de musa maldita y desechada de Bukowski. Y mientras sólo fuera de noche, eso también me gustaba.

Jessica se despidió del Nene Sanfillippo preguntándole si lo vería de nuevo. Gastón sólo se limitó a la risa y le dijo que claro, que él la buscaba. Un poco antes, fue el minuto en que Felipe dejó de ser un putamadre más en la noche santiaguina y se convirtió en ese tipo de persona, que las madres quieren presentarles a sus hijas. Mientras Sanfillippo metía mano donde nadie se atrevía y Johanna se avergonzaba de haberse cruzado con ese conchadesumadre que pueden ser Andrew, Felipe le preguntó a ella si quería ser su chica. Valeria conoció lo que era la felicidad momentánea del trato hecho y le dijo que sí con la sonrisa que ponen las niñas, cuando les dan lo que quieren, después de pelear y pelear. Esa noche también, González le ganó a Blake cuando parecía que el de La Reina estaba perdido y el negro ya se había escapado. Y carajo si Felipe no se parecía a Blake en el camino de vuelta.

La noche siguiente, los ovarios de Valeria se cruzaron con sus ganas infinitas de salir. Y ganaron los ovarios. Con Felipe fuimos donde Fernanda, que es guapa, estaba de cumpleaños y claro, también tenía novio esa noche que llovía y Santiago se hacía pedazos. Le conté a Felipe sobre las travesuras de Gastón Sanfillippo y él me contó sobre cómo había perdido en tres sets. Pero ésta, decía, era de esas extrañas derrotas que te terminan gustando y dejando conforme. Casi tranquilo. Terminamos la botella de Havana Club de litro que habíamos comenzado la noche anterior y le conté sobre mi almuerzo familiar. Que mi hermano David estaba saliendo con una tipa y que la había invitado el domingo a almorzar a la casa. Y todo esto me lo decía mi vieja.
-Podrías buscarte una novia tú también. Te está haciendo falta -insistió-.
-Perfecto. Dime cómo la quieres, de que carrera, de que universidad. Si me contestas antes del lunes, me pongo a buscarla en Facebook y te muestro una lista de candidatas, para que la invitemos a almorzar el próximo domingo. ¿Te parece?

Felipe dijo que Mariana, que así es cómo se llama mi vieja, era una grande. Y añadió que claro que era bueno que me buscara una novia. Que si el caía, carajo, no lo iba a hacer solo. Esa noche, mientras aún llovía, las calles del puto Santiago se anegaban y Valeria pedía ser hombre porque odiaba sus ovarios, conocí a Francisca. Era la hermana de la cumpleañera. Tan guapa como ella, pero con ese aire distinto y jodido que te ganas cuando fuiste la hermana mayor. Francisca estaba soltera y Fernanda quería buscarle novio. Yo me acordé de Mariana.

Esa noche fui a dejar a Felipe, el novio, temprano. Justo antes de estacionar el auto blanco de Mariana en mi casa, en la radio comenzó a sonar Creep de los Stone Temple Pilots, que en castellano se traduce en algo así como aborrecible o que simplemente da asco. Detuve el auto en la mitad de mi calle y canté como cantan los tipos angustiados de las cinco de la mañana. Y de pronto, sin excusas ni permisos, en Santiago dejó de llover.

martes, agosto 05, 2008

110

Yo me acuerdo de ese puto día todos los días. Me acuerdo de cómo me estaba haciendo el quite y de lo casual que resultaba que no contestara mis llamadas. Partió diciendo que iba a dejar de ir a trabajar a mi casa, porque me preocupaba más de sacarle la ropa que de dejarla escribir sus ensayos. Algo de razón tenía. Nuestro último día fue un sábado y eso me sigue jodiendo. Porque nos faltó el domingo, el cierre y la conclusión. Ese sábado, me desperté tarde y fui al Parque Intercomunal con Cavada. Nos quedamos un par de horas y después le mentí. Le dije que tenía que irme, porque mi vieja necesitaba usar el auto. Ella nunca me lo pidió.
Ese sábado quería verla y me puse la polera verde que sabía que le gustaba. Después del parque pasé por su casa y pregunté por ella. Me dijeron que no estaba. Que había salido. Que volviera más tarde. Regresé a mi casa por dos jugos de naranja. Uno con la cara de Mickey y otra con la de Minnie. Fui a buscarla a la plaza de Los Domínicos porque sabía que tenía que estar ahí. Ahí leía. Ahí me retó. Y ahí agarramos por primera vez. La busqué entre las pichangas de la tarde y grupos de scouts. No estaba. La llamé para decirle que se apareciera y contestó. Me dijo que estaba en el Pueblo Artesanal y le dije que iba a verla. Que no se me fuera a esconder.
Apareció entremedio de varias tiendas, cuando el calor de diciembre se ponía más decente y comenzaba a atardecer. Llevaba pantalones café, una polera blanca y una camiseta morada debajo. Nos sentamos en una banca donde se podía ver a dos tipos que tocaban la guitarra y a un tour entero de turistas japoneses que se maravillaban con souveniers del Chile folclórico y simpaticón, que se vendía en el cómodo Santiago Oriente. Después que me comentara mi polera, mi barba más espesa y de que necesitaba comprar dos regalos antes de irse, le dije que le había traído un jugo. Que escogiera el de Minnie, pero que por esa tarde, yo podía ser flexible si quería. Menos mal se rió. Al rato, le improvisé una suerte de discurso que tenía preparado del día anterior, cuando no quiso salir conmigo y terminé tomándome la cerveza de mi viejo con la excusa de que no podía dormir.
Le dije que lo nuestro eran las matemáticas y los números. Los miles de dólares que había gastado en venirse de intercambio, los millones de kilómetros que separaban su casa de la mía y sus 110 libras que sobre mí, se sentían exageradamente bien. Le dije que las relaciones se trataban de eso. De los números y que estar con alguien más, significaba poder aguantar su peso. Que el de ella se sentía perfecto y no me molestaba. Y eso no pasa con cualquiera. Sólo con sus 110.
Ahí agarramos. Porque ella había puesto esa cara que ponía cuando quería que le dieran un beso y porque yo también tenía ganas. Después la abracé y miramos a los tipos que tocaban guitarra y cantaban esas canciones trutruca que a los gringos les gustan casi tanto, como las historias de golpes y dictaduras militares que violaban los derechos humanos.
Le dije que todos los días podían ser así. Con un sol que atardece, sentados en una banca, y con declaraciones de amor que nunca mencionaban la palabra amor. Porque así había empezado el discursito ese. “Lo nuestro nunca se trató de amor, sino que de números y matemáticas”. Un par de días después, ya de vuelta en su casa para celebrar la Navidad, ella le habría de contar sobre ese discurso a su vieja. Puede que haya llorado un poco a hacerlo.
Después de un rato, tuvimos que caminar de vuelta a su casa. No me quiso hacer pasar y fue la última vez que la vi. Ella empezó a llorar y yo no pude acompañarla. No porque no llore, sino que porque me demoro en procesar ese tipo de cosas. Agarramos de nuevo y saqué 110 pesos de mi bolsillo. Le dije que se los llevara. Ella no aceptó. Poco antes de salir de Pueblo Artesanal, me devolvió un libro que me había regalado para mi cumpleaños. Yo se lo había devuelto, porque no lo había firmado. Y los libros regalados, le dije, tienen que dedicarse. No lo leí hasta que llegué a mi casa. Después de que ella lloró, después de que dijo que no iba a decir “adiós” porque era muy cursi y cliché y después de que quedáramos en vernos en un restaurante italiano en Nueva York, dentro de cinco años más. Pero cinco años eran mucho tiempo y le pregunté si podía ser antes. Ella sonrió y entró a su casa. Dijo que si no lo hacía entonces, no iba a tener el valor para hacerlo. Yo caminé a mi casa con mi libro firmado. Ella se iba mañana y no iba a verla más. Me había pedido que no la acompañara al aeropuerto, porque no quería armar una escena y porque tampoco quería que el resto de las gringas la vieran. Ellas, después de todo, le habían dicho que dejara de verme. Por esa razón, tampoco me dejó ir con ella a la fiesta de despedida que el grupo de intercambio iba a hacer en la noche. Me lo había pedido por favor.
La última vez que la llamé fue al día siguiente, el mismo domingo en que se despidió de Chile. Me contestó cuando ya había subido al avión y le quedaba poco para despegar. Le dije que había visto Capote en la tarde y que me acordé de ella, porque nosotros habíamos visto Infame. Que era mucho menos conocida, pero exageradamente mejor. Creo que lloré un poco. Igual que cuando escuché el cierre de Read my mind, que los Killers habían hecho en Chile.
Before you go, can you read my mind?
Esa puta línea me quedaba dando vueltas. Y sumado a que acababa de ver Capote, bueno, pensé en que la llamaría y ver si daba con ella. Me dijo que el avión iba lleno, que estaban en el mismo vuelo en que Snoop Dog. Yo le dije que se me había ocurrido llamarla, para ver si lograba arruinarle el viaje. Ella entendió el mensaje. Mientras la gente guardaba sus maletas y miraba por la ventana, yo me acordaba de la canción de los Killers. A ver si antes de que se fuera, entendía lo que le pedía sin pedir. Nunca me quedó claro, si alcanzó a entenderlo. Porque pocos minutos después, el avión se preparaba para despegar y la amorosa azafata de turno le había dicho que todos los celulares y equipos eléctricos debían apagarse. Yo me quedé con eso. La llamada que se acababa de repente, la semana que terminaba sin el domingo y mi discursito sobre los números y las matemáticas.
Mientras miraba por mi ventana, su avión despegaba. En el escritorio que tenía detrás, descansaba un libro abierto y firmado que decía algo así como gracias por mostrarme el tercer mundo y ven a encontrarme algún día. Corté. Aún tenía los 110 pesos en mi bolsillo.

lunes, junio 09, 2008

Trabajo Inconcluso

Te prometo que algún día lo termino.

Partió por mi madre. Una mujer camina por el Paseo Ahumada. Va sola. Está embarazada. Sólo le quedan un par de meses. Una mujer de treinticinco camina por el centro de Santiago y nadie tendría por qué saber lo que ella tuvo que hacer para llegar hasta ahí. Para mostrar esa panza de siete meses. La gente pasa de frente, por los costados. Pasa por todas partes. A las cuatro de la tarde, todo el mundo tiene algún lugar donde debe llegar. Por eso es que no las ven. Pero si se detuvieran, las verían. Ahí están las visitas a los doctores, los intentos fallidos, las oraciones y los remedios caseros. A Mariana, que aún no había podido ser mi madre, todo le decía que tener hijos era imposible.

Mariana entendía eso de las probabilidades. Conocía los espacios para el margen. Sabía cómo funcionaban y que lo lógico, no siempre se encontraba con lo concreto. Que ella estuviera caminando por ahí, ya podía ser un accidente. Igual que su título de economista, su mudanza de Viña a Santiago y que ya pesar de que sólo le faltaban cinco años para cumplir los cuarenta, apenas llevaba uno de casada. Mariana era un producto marginal que comulgaba desquiciadamente con el equilibrio. Porque le gustaban los Beatles y Elvis igual que a todas sus compañeras del Saint Margaret’s, pero que era capaz de abandonar un semestre para trabajar en la campaña de Radomiro Tomic el setenta. Y así, reprobar el único ramo de su vida.

Uno podría decir que hasta ese punto, había fallado en varias cosas. Cosas en lo profesional y en lo sentimental. Cosas, en las que fallaban todos. Pero a pesar de eso, siempre se las arreglaba para mostrar que sus elecciones eran las correctas. Probabilidades y estadísticas. Mariana sabía que los números, los hechos, la vida, podían voltearse. Así se lo mostró a su padre cuando rechazó estudiar la carrera que él había estudiado, donde él había estudiado y a su madre que al verla tan grande y tan soltera, siempre le sugería adular a sus posibles candidatos. Esa, le decía, era la única manera de conseguirse uno. Y de paso, de que se fijaran en ella.

Durante buena parte de 1984, Santiago olió a humo, sudor y miedo. Se cumplían once años de dictadura militar en un país que a pesar de la débil institucionalidad, se había acostumbrado a vivir en su tambaleante democracia latinoamericana. Pero democracia al fin. Había que contarlos. Más de una década de Pinochet, toque de queda y La Moneda bombardeada por chilenos. Fue el año de las protestas. El año de saber golpear y esconderse. Mariana andaba por el centro. Igual que cientos de otras más. Siete meses en el vientre y el peso de dos personas sobre sus zapatos. Una madre que quiere serlo por primera vez, caminando sobre un país que una vez más, intentaba parirse a si mismo.

Antes de los gritos, fue el silencio. El silencio que detiene. El silencio que ve a la muerte. Un silencio que significa miedo. La sofocante cotidianidad del Paseo Ahumada a las cuatro de la tarde de un día de agosto, se suspende por una guerra que se volvía a estrenar. Primero fueron las balas, las molotov y el sacrificio de los frentistas, que curiosamente, aparecieron por la derecha. Después las tanquetas, las metralletas, las lacrimógenas y las bombas de humo de los militares, que sólo por esa vez, aparecieron por la izquierda. Mariana encerrada en el centro con el resto de los desafortunados de las cuatro de la tarde. Y tuvo que correr. Con el cuerpo de una embarazada y las ganas de no morir. Igual a como lo hicieron, todas las madres de 1984.

sábado, abril 05, 2008

High School Musical

Santiago no era una fiesta. Sólo era una ilusión. Soda Stereo llenaba el Nacional y de pronto, todo parecía remontarse diez años atrás. Esta ciudad sufría una suerte de fiebre por el pasado. Éramos pura melancolía. Santiago quería volver a recordar a Santiago. Lo de Soda, era sólo una excusa. Pero los meses de fin de año les traen recuerdos a todos. No sólo a los fanáticos de las bandas que se vuelven a reunir. A nosotros también nos tocaba. Habían pasado cinco años desde que habíamos salido del colegio. Y ahora nos tocaba nuestra reunión. Santiago era una fiesta de nostalgia. Ese sábado, nosotros también.

Primer Acto: El Cielo
Los amigos que haces en el colegio, tienen algo que ningún otro amigo que hagas podría tener. Como una colección de todos los recuerdos que seguramente querrías olvidar. Los nombres de todas las minas que nunca te pescaron, los peores goles que te perdiste, y las peores espinillas que en tu vida irás a tener. A ellos no podías mentirles. Por más que te dejaras crecer el pelo y la barba. Por más que ahora tuvieras un poco más de confianza. Por que aunque trataras de esconderlo, ellos seguirán viendo al tipo que le tenía miedo a las escaleras y corría del recreo a la sala, para no tener que darle a nadie de su colación. Podías odiarlos. Podías negarlos todo lo que quisieras. Pero nunca les podrías mentir.

Nicholas siempre fue distinto. Tenía sus propios tiempos y velocidades. Llegó un día de primero básico y todos lo apuntaron. Llevaba una mochila de las Tortugas Ninja. Debe haber sido la única en Chile. Pero en vez de lucirse, Nicholas se escondió. Era un tipo que poco a poco fue aprendiendo, que si las dejaba, buenas cosas podían pasarle. El privilegio fue ver el proceso y los quiebres. Porque Nicholas era alguien, a quien le costaba tratar con otras personas. Ese sábado, fue el primero en llegar a mi casa.
-Me agarré a una mina ayer, dijo.
-Pero la raja, ¿o no?
-No sé. Es que igual no me gustaba mucho.
Prendimos el Play y pusimos el Winning Eleven. No hace mucho, nos pasábamos todas las tardes del viernes jugando. Hacíamos campeonatos y se armaban clásicos. Nacían rivalidades y las pasábamos con pizza. No manejábamos y no teníamos pase escolar. Pero todo siempre quedaba a una micro de distancia. No había minas y no había carreras. El mundo nunca fue tan simple como a los 16 años.

Marito llegó quince minutos más tarde. Marito en verdad se llamaba Matthew. Pero cuando recién llegó, un profesor de matemáticas no supo leer su nombre y optó por improvisar.
-De aquí en adelante te llamas Marito.
Fue su segundo bautizo.
Para un grupo de inadaptados, que no jugaba bien al fútbol y que apenas podía armarse de valor para conversar con alguna compañera, tener a alguien como Marito era especial. El tipo tenía auto y arrastre. Pero así y todo decidía juntarse con nosotros. Con él, caminamos el Valle del Elqui y dormimos en dunas. Con él tuvimos nuestras primeras conversaciones de sexo, con alguien que efectivamente sabía algo del tema. La gente que vive lejos parece tener otro concepto del tiempo. Lo miden de otra forma. Saben darle su precio. Entre su polola y los peajes; entre el cerro y los cuarenta minutos que de su casa en Chicureo nos separaban, Marito se encargó de darnos algo que nunca antes habíamos tenido. Sentido común y la concepción de que a veces, era mejor reírse que gritar.
-¿Así que te agarraste una mina, Nicholas?, siguió él.
-Sí.
-¿Y era rica?
-No mucho. Pero un gol es un gol, ¿cierto?
Marito sabía de computadores y programas elaborados. Pero siempre fue el peor para el Winning. Así que hacía, lo que todos los tipos malos para el Winning hacen. Escogió al mejor equipo.
-Voy con el Barcelona.
Nicholas eligió al Bayern Munich. No es un mal equipo, pero nunca será el Barcelona. Mario lo sabía. Daba un poco lo mismo, el partido que nos interesaba era otro.
-¿Y te la pisaste?, siguió Mario.
-Puta no. Pero la podría haber hecho.
-¿Qué pasó huevón?
-No sé. Como que no quería en verdad. Me la llevé para la casa, estuvimos en mi pieza y yo no hice nada. Ella me decía eris bien pavo tú.
-Puta huevón. La cagaste. Hay huevones que alegan porque no tienen mina. Y está bien. Pero tú tenís una en tu pieza y le decís que no. La próxima vez que estís caliente y no tengai a nadie, no tenís derecho a alegar.
-Puta. Es que a veces después de tirar, me baja lo culpa. Y como que pienso, esto lo podría haber hecho solo.
Marito ganó 2-1. Después del comentario de Nicholas, a nadie pareció importarle.

Segundo Acto: El Purgatorio
El colegio al que fuimos ya no existe. No físicamente al menos. Porque al que nosotros conocimos, lo botaron y montaron otro encima. La matrícula sube. La infraestructura también. Después de Mario y antes de las pizzas, Troco y Soto llegaron. Troco se llamaba Rodolfo, pero le decíamos así porque alguna vez le gustó una mina a la que todos le decíamos el Trauco. Cuando llegó a nuestra sala en segundo básico, Troco debió haber sido el niñito más asustado del planeta. Pero tenía sus razones. Venía de Israel.
-Esto parece un mall, dijo.
Yo pensé lo mismo.

Llegar al área del cóctel fue raro. Demasiado cordial y demasiado formal. Pero todo se respiraba igual. Sólo habíamos cambiado el uniforme por trajes y uno que otro kilo de más. La misma gente, los mismos grupos y esa misma sensación de estar en el lugar equivocado. Lo único que habían cambiado eran las conversaciones. Ahora, todo era frío y protocolar.
-Buena, ¿cómo estai?, me preguntaban.
-Bien pos. ¿Tú?
-Bien también.
-Ahh, que bueno.
Todo se terminaba con una palmada en la espalda. Creo que repetí el diálogo unas cincuenta veces. Pero claro, me daba espacio para hacer pequeñas variaciones. Mientras tomaba del vino que había en la mesa, pensé en esto. La moral del cóctel. De conversar mucho y no decir nada. De hablar de lo bien que te ha ido en la vida, para luego sonreír y pegarse otra palmada en la espalda. Tuve que buscar otra copa.

A veces le gente se detenía a preguntar qué estabas estudiando.
-Periodismo, contestaba. Periodismo en la Portales.
-¿Te queda mucho?
-Poco.
-¿Y te encantó la carrera?
Creo que podría haber contestado la verdad. Que la mayor parte de las veces se trata de una carrera sin futuro, en la que se inscriben niñitas bien que buscan algo qué hacer por cinco años, antes de casarse con su marido ingeniero. El resto se componía de post depresivos, apitutados, o gente sin ningún tipo de talento, pero con unas ganas terribles de ser conocidos. Los exitosos serían los menos. Aunque claro, eso no era lo que la gente quería escuchar. Estábamos en un evento por el que cada uno había pagado 16.500 pesos. Por un valor así, nadie quería recibir un comentario amargado. Decidí seguir el juego.
-Sí. Me encantó. Muchísimo.
Con suerte, después de eso se irían.

Miré las fotos que pasaban por el proyector. Creo que salí en dos. Tal vez tres. Pálido, púber y flacuchento. Nada parecido a lo que esperarías en un comercial de Ruta Norte o Cristal. Ninguna foto en la playa y ninguna foto sonriéndole al flash con el pelo mojado y una botella de pisco en la mano. Después de la tercera copa de tinto, tuve la idea de que quizás, nunca había estado ahí con esta gente. No era parte de la memoria colectiva. Ese no era mi lugar. Mario estaba con su polola y Troco hablaba por celular con la suya. Busqué a Nicholas.
-Esta huevá es muy fuck you in the ass. Vámonos mejor, me dijo.
Y volví a sentirme cómodo.

Acto Final: El Infierno
Estuve en el infierno. Y es un bar lleno de yuppies, que sudan bailando reggaetón. Con Nicholas habíamos decidido ir sin parejas. Podríamos haber invitado a alguien. Minas con ganas de ponerse un vestido y tomar gratis nunca faltan. Había amigas, amigas de amigas y ex pololas. Pero estábamos mejor así. Solos y sin ninguna responsabilidad.

Es curiosa la fauna que se forma en un evento formal. Sobre todo si se trata de una fiesta donde tipos que no se han visto en cinco años, se vuelven a topar. Por que lo que diferencia a unos de otros, es la mina con que vas. Para un tipo, eso es tan importante como el traje. En ese bar de Santa Beatriz, sobraban los pelos alisados y vestidos strapless. Pero este tipo de reuniones tienen un valor agregado. Sirven para que los feos se rediman. Puedes haber sido gordo y desagradable, pero si llegas con varios kilos de menos y mucha conversación de más, tienes la posibilidad de arreglar todas las torpezas y trancas de una vida escolar. Aunque sea por una noche.

Después de un par de rones y cuando ya no quedaba nada más que pisco y cerveza, vi a Nicholas conversando con una mina. Era guapa. Polera a rayas y una falda demasiado corta como para no darse cuenta de que ella quería mostrar sus piernas. Tenía buenas piernas. Largas. Diría que elegantes. Por lo menos, desde una distancia. Le dije a Mario.
-Mira al campeón.
-Es bonita.
-Sí. Y creo que le tiene ganas.
Mario siguió el resto de la noche sentando con su polola. Y haciendo lo que los buenos pololos hacen. Sentarse al lado de su novia y las amigas y parejas de ellas, y hablar. Da lo mismo de qué. Puede ser de cómo se conocieron o de cuánto tiempo llevan juntos. Marito, tiene lo que a las minas les gusta llamar una relación consolidada. Lo que en breve significa, que perdiste el deseo de buscar algo más de lo que tienes al lado. Consolidarse es perder la ambición, por que de una u otra forma sabes que lo que tienes, puede ser demasiado bueno como para querer arriesgarlo. Pero se veían bien. Todo ese rincón, al menos.

En segundo medio tuve la poco feliz idea de escribir poesías. Toda la historia era un cliché. Había una mina rubia, un tipo demasiado asustado como para atreverse a conocerla y la imposibilidad de que algo bueno resultara de todo eso. Yo escribí poesías que fueron trágicamente malas. El problema fue que todos supieron. Porque escribir también es como tirar. Las primeras veces vas a ser muy malo. La gracia es hacer todo lo posible, para que nunca nadie vaya a saberlo. La rubia fue rubia y se lo dijo a todos. Yo perdí mi virginidad en público y ella terminó saliendo con un rugbista que probablemente estudiaba ingeniería. En el colegio, las rubias siempre ganan. Pero algo de eso había olvidado. Ellos me lo habrían de recordar.
-¿Cómo va poeta?
Traté de reírme un poco.
-Novelista, por favor.
-¿Y cual es la diferencia?
Pensé en todas las cosas que habría podido decirle. Absolutamente todas. Una por una. Cuando dije novelista, la pareja del tipo se dio vuelta a mirar. Guapa. Trigueña, pelo alisado y vestido negro strapless. Un producto default de una fiesta donde ya me sentía demasiado extraño. Me sentí de vuelta en el colegio. Caminando por los pasillos sin nada que hacer y muy poco que probar. Repetir, es el antónimo de avanzar. Después de un par de horas, me acordé de todas las razones por las que nunca volvería al colegio. Nunca. Pero estaba ahí. Con mi terno, una cerveza y 16.500 pesos menos en el bolsillo. Le contestaría su puta pregunta.
-Que no escribimos en verso.

Caminé hasta la barra con todos los borrachos, los gordos y los ya no tanto. Me paré al lado de un tipo que no veía hace fácil diez años. Antes era atlético. Creo que jugaba rugby. Pero ahora estaba grande, con el pelo largo y barba. Con unos kilos de menos, se habría parecido a Jesús. Me contó que estudiaba cine. Y siguió hablando.
-Esto es como Los Vagabundos del Drama.
-No sabría decirte. Yo todavía no termino En el camino.
-No lo creo. No pensé que alguien más aquí sabría de Kerouac.
-Yo tampoco. Los niñitos de colegios ABS no leen mucho.
Es curioso lo que el sistema de colegios británicos puede producir. Por que si fuiste de los ganadores, es probable que después de un par de años seas un yuppie más trabajando en alguna empresa de El Golf, y tomando happy hours en Isidora Goyenechea. Y tendrás una mina trofeo. Perder te lleva a una vida totalmente opuesta. Llena de libros, grupos de música que nadie conoce y discusiones sobre el nuevo cine alemán. Pero a la hora de reunirse, cuando te fuerzas a ir a este trámite obligado de la parte que más has querido esconder de tu vida privada; cuando decides juntarte con tus antiguos compañeros de colegio, lo más probable es que termines sentado en la barra. Mirando. Bebiendo. Igual a cómo era cuando todavía no tenías la necesidad, de tenerte que afeitar.
Nicholas seguía bailando con la mina. Ella le tenía ganas, pero por esas invenciones femeninas como la dignidad y el respeto, le seguía corriendo la cara. Pero seguía sonriendo. Así como diciéndole a él, que lo volviera a intentar. Troco se había ido hace un rato. Tenía que ir a un funeral con su polola temprano al otro día. Era excusa suficiente. Soto seguía dando vueltas por alguna parte y Mario abrazaba a su novia. Me acordé del último día de clases. En un proyector gigante que habían instalado en el teatro, pasaron cientos de fotos de toda nuestra vida escolar. Pusieron Un amigo es una luz, de Los Enanitos Verdes. Todos se pusieron a llorar. Incluso Nicholas. Yo fui el único que no pudo. Me acuerdo que traté. Pero no pasó nada. Creo haber sentido pena, no por irme, sino que por no haber sentido nada. Me sentí sólo. Ahora, también.

Alrededor de la cuatro y media, Marito se llevaba a su polola y ofreció llevarme a la casa. Acepté. A la salida, había otra pareja. Ebria, pequeña y triste. Uno se acercó a hablarme. Me imagino que a modo de despedida.
¿Oye, pero qué sentiríai si leyerai los poemas que haciai en el colegio, huevón?
La respuesta era una.
-Vergüenza, huevón. Nada más que vergüenza.

Al otro día llamé a Nicholas.
-¿Cómo te fue con la mina?
-Bien, huevón.
-¿Y te la agarraste?
-Si. Nos tomamos un taxi pa mi casa y de ahí la fui a dejar en auto.
-Era bonita ella.
-Si. Me dio su msn, creo que la voy a agregar.
Supe que hubo problemas al final. Baños rotos, dueños que nos querían echar y música que dejó de sonar. Parece que no alcanzaron a irse a las manos. Me daba un poco lo mismo. Nicholas había agarrado. Por segunda noche consecutiva. Y con una mina jodidamente atractiva. Finalmente, se había redimido.

Yo tendré que esperar cinco años más.

martes, marzo 25, 2008

171 – 01- 804- 519- 5915

Las mujeres de Santiago son caprichosas. Si quieren o piensan algo, nunca te lo van a decir. Y después de un tiempo; después de días, meses e incluso siglos, esas manías se adhieren a la ciudad. Se pegan en el ambiente. El día de tu cumpleaños no hizo frío. Pero amaneció nublado y lo estuvo durante todo el día. Casi como para que la gente extrañara el viento, la lluvia y esas bajas temperaturas que sólo te animan a quedarte en casa. Puede que no lo creas, pero esta, es una ciudad que se entiende mejor a si misma en otoño e invierno. Cuando se venden paraguas en las entradas de las estaciones de metro, sopaipillas calientes en cada equina y cuando los oficinistas no sienten que tienen que pedir excusas, para salir a tomarse un café de máquina y fumarse entre varios un cigarro. En Santiago, la gente también extraña el frío.

El día de tu cumpleaños la gente volvía a las oficinas. Se habían arrancado a la playa, al campo, o cualquier lugar que tuviera mucho de descanso y poco de cubículo. Aquí Semana Santa, es la última posibilidad de escaparse. Por poco, en masa y sin tanto calor. Así se fueron miles. En auto o en bus. Apenas el jefe les dijera que era posible. Pero a pesar de que lo único que todos querían hacer era escaparse de la ciudad y su gente, igual terminaron encontrándose. En las carreteras y en los peajes. Alineados en los cientos de tacos, que adornaron toda la periferia de la capital. El día de tu cumpleaños, la gente en Santiago entendió que la mezcla entre calor y feriados, sólo volvería a darse en septiembre. Y para eso faltaban otros seis meses.

Mientras la gente en las oficinas se contaba el fin de semana, yo dormía. Puse la alarma a las diez, pero recién vine a levantarme cuarenta y cinco minutos después. No por sueño, si no que por esa sensación de que no había nada urgente que hacer. Veintiún años después de que se te ocurrió nacer, el dólar bajaba, el precio del pan subía y el sol ni siquiera planeaba en asomarse. Chile celebraba los goles de algunos de sus hijos pródigos en Argentina, España y Brasil, y que pronto, en algún lugar perdido cerca de Antofagasta, se rodarían escenas de la última película del 007.

En Santiago, lo que mata no es el frío. Tampoco el calor. Matan los estados intermedios y las áreas grises. Cuando hay que abrigarse pero nadie lo hace. O cuando parece que hace frío, la gente se abriga y termina sudando más de la cuenta. Marzo, aquí, es el momento en que la ciudad decide si nos entrega un mes más de sol, o derechamente se adelante el invierno. La cosa está dividida y parece que nos quedamos en empate. Igual que cuando jugamos de visita en el fútbol e igual que con nuestro sistema binominal en la política. Donde nadie sale perjudicado ni nadie completamente pierde. Pero donde todos morimos un poco.

Quizás te habría gustado Santiago en marzo. Da más razones para el café y las tostadas con mantequilla de maní para la once que no como nunca, pero que hoy me hice especialmente para ti. Nadie se dio cuenta. Nadie de mi casa sabía que te gustaban. Me las preparé y terminé comiéndolas en el comedor con mi viejo, mientras hablábamos de algo que puede haber sido tenis, el clima o sus nuevos alumnos en su nueva universidad.

Paso la mayor parte del día frente a mi computador. Y en el escritorio tengo diecisiete carpetas. Dieciséis de las cuales, creé yo. La que sobra, tiene un nombre innecesariamente largo que dice algo como Music from Emily who is insanely… Ahí se acaba. Cada vez que me siento frente al computador, juego a completar la frase. Hoy sólo se me ocurría hacerlo con far. Porque estaba allá, con gente que no conozco, en lugares que no conozco, haciendo cosas que nunca antes había podido hacer. El día de tu cumpleaños, cuando cumpliste veintiuno, la gente te saludaba en la universidad, te escribía mensajes en Facebook, te invitaba a tomarte tu primera cerveza legal. Incluso, aunque supieran que nunca te gustó la cerveza. El día de tu cumpleaños, Santiago amaneció nublado. No hizo frío, pero tampoco salió el sol. Por que el día de tu cumpleaños, Santiago estuvo indeciso y adolescente. Incompleto, pero también impaciente.

Después de tus clases y cuando probablemente estabas cansada, te sonó el celular. Probablemente lo llevabas en la cartera. Probablemente le pediste las excusas correspondientes a los amigos que te acompañaban e invitaban a tu primer trago público, legal y sin necesidad de mentiras o cédulas falsas. Viste el número demasiado largo y demasiado desconocido como para no querer contestarlo. Puede que se los hayas dicho. Puede que no.

Una llamada espera todo el día y cruza todo el puto mundo, para llegar desde mi casa hasta tu jodido celular. Tú contestas y te sorprende. Agradeces, conversas un poco y vuelves a dar las gracias antes de decir que tienes que cortar, porque ya llegaron a tomarles la orden y tienes que hacer tu pedido. Una llamada espera. Se sienta frente al computador y mira de reojo la ventana. Se fija en el cielo, toma café acompañado de tostadas con mantequilla de maní y luego espera. Porque antes no se puede. Porque antes es muy caro. Hasta que te la topas. Aparece un número en la pantalla de tu celular y tú ni te imaginas que ese puto número tuvo que vencer posibilidades, hemisferios y barreras idiomáticas para llegar ahí, para que tú te dieras cuenta.

Yo quería contarte eso. Del cielo indeciso, la gente en sus oficinas y los goles del fin de semana. Quería que supieras que aquí, también había sido tu cumpleaños. Sin torta, sin globos. Sin fiesta. Pero con una llamada inconclusa de mi lado del mundo y una historia y una mesa servida del tuyo.

sábado, noviembre 24, 2007

Perdón

“¿Te pasa algo huevón?”. Un auto moviéndose por Providencia a una velocidad permitida puede causar estragos. Quizás más de los que uno imagina. Las luces quietas, los autos enfocados y los sentidos demasiado despiertos. A 60 kilómetros por hora, nada se veía borroso. Nada quedaba en duda. Y esa noche al menos, esa era una idea que podía partirme. De noche, lo último que estaba buscando era claridad. Pero cuando ésta viene de súbito y a una velocidad permitida, sus accidentes y el resultado, sólo pueden ser malos. O peores de lo que imaginaste.

Pancho manejaba el station de sus viejos. Todo lo que estaba dentro de ese auto gemía. Las chapas que habían sido forzadas demasiadas veces como para no creer en la mala suerte, las puertas que nunca quedaban completamente cerradas y la radio. Las radios de Pancho siempre sonaban a funeral. Yo ya lo sabía. Pasa simplemente, que no me había detenido a pensarlo antes. Daba lo mismo si íbamos a una fiesta, al fútbol o a la facultad. En los autos que Pancho manejaba, nunca dejabas de sentir ese perfume a derrota y rechazo. Ese olor desquiciante que se pega a la piel, cuando algo ha salido mal. O sencillamente ha muerto.

Cuando me preguntó, opté por no contestarle. Bajé la ventana y miré hacia fuera. Santiago estaba lleno de farmacias y mujeres con mini falda. Había que saber mezclarlas. Porque las ideas que se desprenden de una diminuta falda de mezclilla, complotan contra la sanidad e higiene de una farmacia. No saber mezclarlas, sólo podía terminar en esto. Mareos nocturnos a velocidades en donde se supone que nada malo puede pasar y plegarias urgentes al farmacéutico de turno. Era una historia demasiado larga como para empezar a contársela acá. O quizás demasiado corta. Todas siempre eran demasiado jodidamente cortas. Pero no podía decirle nada. Ella estaba en el asiento trasero y yo necesitaba un trago.
-¿Te pasa algo huevón?- insistió Pancho.
-Nada huevón, nada. De ahí te cuento.-

Lo que hacía de Manuel Montt un lugar atractivo para salir, era la suma de contradicciones que ahí encontrabas. Mil pesos por el litro de cerveza nacional en la tarde y toda la humedad sofocante que eso significaba. Porque cuando pones la cerveza tan exageradamente barata, quiere decir que estás buscando una cosa: universitarios sedientos y trabajadores de bajos ingresos. Los bares de Manuel Montt recogían a toda la fauna de perdedores semi educados, que el resto de los barrios de Santiago habían convenientemente olvidado. Caminar por ahí en la tarde significaba, entre otras cosas, ver toda una fauna de tipos que nunca dejaban de tener su pelo mojado. Y escuchar la imperdible fusión entre los locales que tocaban reggeatón para atraer chicas y los que seguían creyendo que One de Metallica, era la única canción digna de ser tocada en el wurlitzer. Me gustaba ese barrio.

Eso era en la tarde. Porque de noche cambiaba un poco. Manuel Montt era el punto intermedio entre los barrios de Suecia y Bellavista. A Suecia iban los futbolistas y los travestis. A Bellavista también iban futbolistas, sólo que también encontrabas artistas y niñas del barrio alto buscando alguna de esas historias que nunca podrían contarles a sus viejos. Menos en un almuerzo familiar. No importaba adonde quisieras ir, de noche, Manuel Montt servía de previa para todos. Se mezclaban los perdedores de las 6:00, con los ganadores de las 11:00. Había tipos manejando deportivos europeos y tipos, como nosotros, manejando los agonizantes autos de sus viejos. Todos debían pagar luca por el estacionamiento. Esa si que era democracia.

Entramos a un bar y nos sentamos. Había muy poca gente. Ella se fue a llamar por teléfono. Con Pancho quedamos solos en una pieza reservada para un cumpleaños del que no había llegado nadie.
-¿Qué te pasó huevón?-
No sabía si decirle. Uno adquiere cierto compromiso con la gente cuando se equivoca. Una suerte de pacto de silencio dónde uno promete que nadie va a saber, pero todos terminan haciéndolo. Podía ser crudo, pero había aprendido que un “No le digas a nadie”, básicamente significaba que nadie podía saber “oficialmente” eso que se estaba ocultando. Todo siempre se sabe. Sólo que pocos están dispuestos a reconocerlo.
-Deja comprarme una piscola.

El problema de no estar haciendo nada práctico con tu vida, es justamente que es probable que termines haciendo algo poco práctico. Casi desesperado. Desde que había egresado, la plata me duraba menos y tomaba más. Tomaba antes de irme a acostar para poder dormir bien, antes de escribir y antes de salir. Al poco tiempo descubrí mis primeras canas y casi me reí. Casi. Por primera vez en mi vida, me miré al espejo y contemplé la posibilidad de terminar siendo gordo. No un tipo obeso, sino de esos que te topas en una fiesta y te dicen que hace un par de años, ellos también eran así. Flacos, deportistas y con una puta y exitosa vida por delante. Por el miedo, me obligué a salir a trotar. Tres veces a la semana y por media hora. Pero en el trayecto, descubrí dolores que nunca había sentido. La verdad vino en formato de humillación. En el ejercicio de proponerse algo y enfrentarse a la imposibilidad de lograrlo. Al escenario en que no importa cuánto se quiera o intente, simplemente no se va a lograr.

Gasté tres mil pesos en dos piscolas. Me senté con Pancho y se lo dije todo. Nos habíamos juntado con ella y a pesar de todo lo que me había prometido, terminó en mi casa. Ella sólo quería estar conmigo, pero insistí. Nos acostamos. No por amor, sino que por esa otra cosa que queda cuando todo termina. Esa mezcla entre victoria y revancha, pero también de desesperación y fracaso. Ella me quería y por eso me causaba un poco de pena esto que le estaba haciendo. No por acostarnos, sino por lo que sucede después. La diferencia entre una mujer y otra para un hombre, pasa por el momento después del sexo. Porque hay muy pocas tipas que uno está dispuesto a mirar, luego de haber estado con ella. Y la pena, es una incomodidad difícil de ocultar.

Esa tarde no pude sentir pena. No pude sentir nada más que una súbita sensación de miedo trepando por mi espalda. Estaba desnudo, acostado en mi cama y con los ojos cerrados.
-Se me olvidó. No puedo creerlo. Pero no estoy tomando pastillas- me dijo.
Creo que salté. Por miedo, pánico y la urgente sensación de que tenía que hacer algo al respecto.
-Vístete. Rápido. Tenemos que ir a una farmacia.
Ella se molestó. Lo hizo como suelen hacerlo las mujeres. Callada y mirando hacia el lado. Asintiendo, pero nunca de manera satisfecha. Tiempo después lo conversé con amigos. Después de ron, risas y rechazos, llegamos a la conclusión de que todo se debía al mecanismo de cómo decidimos resolver nuestros problemas. Yo había optado por una solución casi matemática. Vi la incógnita y tenía que despejarla. El hecho de que ella no hubiese estado tomando pastillas, era algo que había que solucionar rápido. No había tiempo para conversar. Olvidé historias de vida, recuerdos y emociones. Teníamos que ir a una farmacia. Ya. Eso a ella le dolió. Pasar de ser persona y convertirse en problema. En el foco de todos los males que podrían arruinar nuestras vidas. Ella era algo que había que arreglar. Y eso fue duro. Sobre todo después de acostarnos.

Le dije a Pancho que mientras todos los tipos de nuestra edad buscaban promociones de pisco baratas, nosotros perseguíamos una farmacia que estuviera abierta. Encontramos una al lado de una botillería. Mientras estacionaba el auto, pensé en la ironía y en el complemento. Todo lo que necesitabas para una noche perfecta, estaba en esas tiendas. Tuve que esperarla en el auto. Le di algo de plata y volvió en tres minutos. Pastillas y vaso con agua en mano. Miré cómo se la tomaba. Cómo la tableta bajaba desde su garganta, pero terminar con el miedo y la posibilidad. Esa noche, toda nuestra vida se redujo a las posibilidades. A las estadísticas. En el camino, ella me había tratado de explicar que no había razón para el pánico. Que no estaba en sus días fértiles.
-No importa- le dije. –Me quiero asegurar-.

La pastilla bajó por su garganta y terminó en ese lugar donde nacen sueños y pesadillas. El resto sólo fue silencio. Sepulcral e infinito. Casi como si se hubiera muerto alguien. Casi como si la radio del auto de Pancho, hubiera adivinado por lo que estábamos pasando.

No pude curarme esa noche. Por más que tomara y por más que lo deseara. Sólo me llevé un dolor de cabeza que parecía hacer el intento de partirme la nuca y uno de los vasos del bar. Lo quería en mi casa.
-¿Qué hacís con ese vaso huevón?- preguntó Pancho.
-Me lo llevo huevón. La piscola estaba mala y cara. Además, a mi vieja le faltan vasos. Esto va a ayudarla.-

Me pasé casi todo el otro día en cama. Mirando el techo y aguantando el sofocante calor de la tarde, como un pequeño castigo por lo que había hecho. Me metí a Internet. Revisé todas las páginas que hablaran de la anticoncepción de emergencia. La llamé y le dije. Nos peleamos y nos volvimos a amigar. Corté.

Cuando empezó a atardecer, decidí salir a trotar. Intenté hacer el recorrido que hacía cuando tenía 14 años y entrenaba para la selección de atletismo del colegio. Cinco kilómetros subiendo por el Cerro del Observatorio. Estaba corriendo bien, con la boca seca pero sintiéndome bien. Volvían todas esos pequeños detalles familiares de hace tanto años. El ruido seco de las zapatillas golpeando el pavimento, el cansancio en los brazos y la gente mirándome las piernas. Siempre me miraban las piernas. No por una admiración estética, sino por lo delgadas que eran. Debe haberles parecido un milagro, que fueran capaces de sostenerme.

Tomé la recta que llevaba al cerro. Vi el colegio vacío que estaba al costado y no pude evitar pensar en lo de anoche. Pero no sólo en el miedo, la frustración y el pánico. Sino que en lo que estaba haciendo. En esta sala de espera que significa titularse. En esto de sentirse cesante, a pesar de que no lo era tanto. En lo que estaba haciendo. Jugar con las posibilidades y desafiar las estadísticas de que algo malo pudiera pasarme. Porque reproducirse y permitir la existencia de una criatura que tuviera algo de mí, parecía algo malo. Podía arruinarme la vida. Esa vida que prometía estar llena de cosas buenas, pero que aún no lograba encontrarme. Tuve que detenerme.

Vomité por toda la vereda. Sentí ahogo, fatiga y mareo. Estaba corriendo lento. Casi como si estuviera esforzándome para hacerlo. Pero no pude más. Era una velocidad que me podía permitir, aunque no por eso iba a dejar de causarme estragos. Lo jodido fue la claridad y la sensación de que todo pasaba lo suficientemente nítido, como para poder darme cuenta y reparar en todos los putos y pequeños detalles. No llevaba la mitad de la subida y ya estaba deshecho. Caminé todo el camino de vuelta.

Por la noche ella me llamó. Me dijo que todo iba a estar bien. Nos peleamos. Nos disculpamos. Y casi nos volvimos a amigar.
-No lo tomes personal-, le dije. –Pero no quiero saber más de ti. Al menos, por un tiempo-.
Ella estuvo cerca de ponerse a llorar. Le temblaba la voz y no le salían las palabras.
-Filo- repetía. –Sólo que esto me parece demasiado injusto-.
Juraría que sólo lograba sostenerse, gracias a esas adorables muletillas adolescentes. Pero no quería que yo lo supiera. Así que decidió cortarme antes. Fue la única vez que pudo hacerlo y la última vez que supe de ella.