Antes de que amanezca
Éste es el minuto donde me arrepiento. Donde la miro, le digo que tiene razón y pido que salga del auto. Que estuvo bueno. Que duró lo que tenía que durar. Pero que es mejor ahora. Porque todo podría terminar aquí, porque podríamos dejar de vernos y a nadie le va a importar mucho. Éste es el minuto donde me baja el sueño. Donde me da hambre. Cuando quiero volver a mi casa rápido, hacerme un sándwich y tirarme en la cama antes de que sea demasiado temprano. Éste es el momento, donde me acuerdo que el sexo raras veces vale la pena. Porque pase lo que pase, una vez que termine, ella va a seguir ahí. Tirada en mi cama. Sin ganas de vestirse pronto y pidiéndome que la abrace. Y a mí, nunca me gustó abrazar.
Todo cambió cuando Felipe consiguió novia. No por que lo envidiáramos. De hecho, la mayoría de las veces que nos juntábamos con Gonzalo, nos dedicábamos quince minutos a pelarlo. Porque había cambiado. Porque estaba distinto. Porque ya no era Felipe. Sino que este otro tipo, demasiado feliz, demasiado en equilibrio y demasiado rosado como para haber sido nuestro amigo que amenazaba con una muerte prematura y a exceso de velocidad. Y los tipos que mueren rápido y chocan contra paredes, necesitan estar solos. Así eran las reglas. Partió cuando Felipe consiguió a Valeria, porque nos desajustó la rutina y los compromisos. Felipe, como los buenos pololos hacen, comenzó a tomar menos y empezó a preferir las películas nocturnas en casa de Valeria cuando el fin de semana, no tenía mucho que ofrecer. Porque pololear, entre otras cosa, significa ver películas. No porque te hagas más cinéfilo. Sino porque las películas se ven con la luz apagada. Y una vez que el actor famoso y masculino, besa a la actriz guapa, famosa y sofisticada, te también puedes hacer lo mismo con tu novia. A veces, incluso un poco más.
Felipe le preguntó a Valeria si quería ser su chica, durante una fiesta en la que Gonzalo no estuvo. Porque estaba en el norte, aprovechando sus últimos días antes de entrar a trabajar, y peleándose con la dueña de casa, porque ella, una mujer independiente, profesional y soltera, no anda buscando un polvo amable cuando invita a un tipo a quedarse en su casa. Por alguna razón, ella sintió que a Gonzalo tenía que reiterárselo. Que le quedara claro. No iba a pasar. Pero Gonzalo, que sólo quería fumarse un par de porros en algún pueblo hippie -porque al estar tan lejos y escondidos no les quedaba otra- del norte, tuvo que entender en una semana, lo que muchas se demoran toda una vida. Enfrentar a una mujer soltera, es enfrentar sus restricciones, sus límites y la imaginaria idea, que ella tiene de si misma. Así me lo contó el domingo que volvió. Un día antes de entrar a trabajar luego de una para demasiado larga, mientras tomábamos unos conchos de cerveza que habían sobrado en su casa, y que su vieja le exigía no desperdiciar.
Me preguntó por lo de Felipe y le conté la historia. De cómo Valeria consiguió lo que quería y de cómo a Felipe no le importó ceder. Mal que mal, de eso se trataba todo esto. De armar tus límites y trancas, asustar a los que no importan y prepararse a abandonar todo cuando encuentres a la que logre desarmarte. Y sin que te des cuenta. A Gonzalo, que había pololeado unos tres años, pero ya llevaba poco más de dos soltero, la pregunta le quedaba dando vueltas. Felipe tenía novia.
-¿Y nosotros, Flaco? ¿Cuándo?
Yo le expliqué mi teoría. De que las chicas, eran como las pegas. Llegan cuando menos te lo esperas y las buenas cuesta mucho encontrar. Que lo mejor era no buscar. Porque simplemente llegan. Pero la pregunta seguía dando vueltas. No porque necesitáramos alguien que nos quisiese con urgencia. Para eso ya tenía una madre. Pasaba, que Gonzalo estaba sintiendo esa necesidad de que en su cocina, hubiera espacio para más. Para chicas que llegaran con nosotros, que fueran interesantes. Y de las que no hubiera que avergonzarse, el día después. Gonzalo, y al menos ese domingo yo también, queríamos tipas que volvieran.
A veces miraba la fecha de reojo. Dos semanas antes de mi cumpleaños, le dije a Valeria, la novia de Felipe, que tenía un mal presentimiento. Había cosechado la tradición de que en los últimos cinco años, siempre estaba con una mina para mi cumpleaños. No necesariamente con novia. Sino que con una de esas tipas que me acompañaban a la cocina de Gonzalo. Pero este año era distinto. Era la primera semana de octubre y yo sólo contaba historias que lograban captar la atención de mi amigos no por lo buenas, sino que por lo extremas que podían llegar a ser. Porque había tipas como la del Huracán, que me decían que parecía travesti, pero que de alguna forma lograba esquivar porque no me acordaba el día después, o como la de la chica con la que enganché en una fiesta, que después me invitó a su casa, que me pidió apagar la luz de su pieza y que justo antes de salir arrancado, me dijo que ella se moría si me iba. Después de correr por Santiago de noche y una vez que llegué a mi casa, sólo pude pensar en sacarme su olor de mis manos. A las cinco de la mañana, ya me daba asco.
En mi casa, mi madre me podía una novia. No demasiado en serio. Pero tampoco demasiado en broma. Pasaba que David, mi hermano, estaba junto a una tal Ale. Y Ale era amorosa, era tierna y era simpática. Además estudiaba ingeniería. Yo en cambio, era el hijo de la pose amargada que ya estaba empezando a cansar. Sobre todo durante los almuerzos de los domingos. Ahí fue cuando le dije a Mariana, que así se llama mi vieja, que me dijera cómo la quería. Porque así, si me daba todos los datos, podría buscarla en Facebook.
Lo curioso es que Facebook, le hizo caso a Mariana.
Durante este año, había empezado a hacer unas ayudantías en la Facultad de Periodismo. Y yo, ante todo, era de los que decía que un ayudante, y mucho menos un profesor, podía meterse con una alumna. Porque no correspondía. Porque no era de hombres. Porque las alumnas que lo hacían, siempre eran putas sin talento. Y esas a mí no me interesaban. Yo tenía mis principios y mis poses. Felipe no veía películas y Gonzalo, bueno, yo diría que desde que había terminado -y aunque él no lo admita- Gonzalo no quería más novias. Quería sacarse gustos. Y no había nada de malo en eso. El tema, es que dado el momento, todos sabíamos que íbamos a tener que renunciar a algo. No por amor ni nada parecido. Sino porque la idea de hombres que teníamos nosotros mismos, era meramente masturbatoria. Incluso, cuando a veces funcionaban.
Pero Milla no tenía idea de eso.
Ella llegó a clases sentándose al fondo cuando todos sabían que usaba lentes, llevando tacones aún cuando sabía que era por lejos la más alta del curso. Como diciendo Hey, yo sé que piensas que no me importa. Y tienes toda la razón. Pero la verdad es que la había visto antes. Hace tal vez unos cuatro años. Tenía esa pinta de haber sido la cool en su colegio. La que probablemente tenía un color distintivo, distinto del que tenían sus tres mejores compañeras. Porque en colegio, las chicas siempre se movían de a cuatro. Probablemente nunca había tenido espinillas y nunca había tenido que levantarse con la pubertad en el rostro y la vergüenza y la humillación en la sala de clases. Milla era demasiado alegre. Porque probablemente había tenido al novio que quiso y en el momento que quiso. Y porque probablemente, ella también se había dado el gusto de patearlo. Simplemente porque él, era demasiado pendejo. Y Milla, probablemente, estaba para cosas grandes.
En noventa minutos de clases me imaginé su fiesta de graduación con el tipo musculoso de pichanguera que hoy día probablemente estaba en algún afiche de MoviStar, o participaba activamente de la campaña de Ruta Norte, Cristal o Capel. Probablemente, ahora usaba bigote y jugaba de delantero en alguna liga de futbolito.
Milla hace cuatro años usaba poleras escotadas amarillas y shorts celestes. No sólo porque era alegre y probablemente ya conocía de memoria las playas de Brasil. Sino porque sabía que sus piernas largas, su estómago plano y sonrisa sospechosamente fácil, podían conseguirle cosas. Y sin mucho esfuerzo. Daba lo mismo si era ayer en el colegio. O hoy en la universidad. Claro, que ya no usaba poleras amarillas. En la primera clase, y para decirnos a todos que era parte del primer mundo y que seguramente ya sabía cómo era la movida en Nueva York, llegó con su iPod entre las manos (al que seguramente le tenía un nombre) y una polera que te dejaba claro que conocía y la gustaban las películas de Tim Burton. Incluso si no lo gritaba.
Y todo esto, me lo imaginé en un par de minutos.
Milla entró a clases. Se sentó al fondo y ya le había descifrado su vida. Sólo me faltaba inventar la historia del ex novio que le hizo perder la confianza en los hombres, que ahora buscaba tipos mayores, y que probablemente tenía un grupo de amigos gays. Un par de minutos y ella agarraba tu atención. Que podía ser prejuiciosa y llena de tripa. Pero, que lógicamente no tenía idea de todo esto, ni siquiera te miraba. Porque mientras se deshacía de su iPod y sacaba su cuaderno, lo tenía claro y lo anticipaba. Como diciendo hey, yo sé que piensas que no me importa. Y tienes toda la razón.
A la semana, se lo conté a Felipe. En la cocina de Gonzalo, tomando ron y contándole sobre el curso.
-Te la vas a agarrar -me dijo-.
-Yo no me meto con alumnas.
Después de esa clase, Milla no volvió a aparecer. Se había ido de viaje, tenía permiso de la universidad y no la veríamos en clases por al menos tres semanas. Sólo podías enterarte de ella por Facebook. Había viajado a Estado Unidos, había conocido lugares distintos. De esos, que para ti, sólo existen en fotos. También se había enamorado de Obama. En las imágenes, Milla aparece en parques inmensos y en antiguas tiendas de discos. Y mientras tú te enteras de todo lo que tenga que ver con ella, por una razón que sólo puede ser para odiarla más, ella te habla. Porque ahora, todo se produce por Facebook.
El resto, es lo evitable. Las fiestas donde nos topamos, las conversaciones que tuvimos y el hecho de que le explicara mi teoría, de porque ella necesitaba tacones. Porque claro, Milla tenía que caminar sobre el resto. Y así también intimidaba a los tipos que intentaban sacarla a bailar y sólo se guardaba la excusa de que no hablaba español para casos extremos.
En algún momento, me olvidé de que no me metía con alumnas. Aunque más que olvidar, fue el hecho de que simplemente dejó de importarme. A pesar de todo lo que había dicho y a pesar de que el profesor titular del ramo, también iba a ser mi próximo jefe en la pega que estaba apunto de comenzar. Y ahí es cuando ella me da un beso. O tal vez yo se lo di a ella. No una noche, sino que varias. No por un día, sino que durante semanas. Y todo partió a dos días de mi cumpleaños.
Éste es el minuto donde me arrepiento. Cuando ella me dice que está mal, que siempre aleja todo lo que intenta acercarse a ella, y que tarde o temprano, va a terminar boicoteándose. Éste es el minuto donde la miro, me doy cuenta de que está en mi auto, al frente de su casa y le digo que se vaya. Que me acuerdo que es mi alumna y que le gusta el Starbucks; que anticipo que es demasiado flaca, demasiado alta y con los ojos demasiado verdes. Y eso a Mariana podría ni gustarle. Porque las tipas que se saben guapas, también saben que siempre pueden arrancarse. Éste es el minuto, donde recuerdo a todas las minas que han estado sentadas antes ahí, donde está Milla. Y me acuerdo que me aburro. Que no me gusta hablar por teléfono. Que soy malo para mandar mensajes. Pero ella quiere hablar.
-Yo necesito a alguien que pueda estar ahí. Y que no le importe. A pesar de mí. A pesar de todo.
En Santiago, estaba apunto de amanecer.
-La verdad es que no te conozco. Y a pesar de estas últimas semanas, tampoco sé mucho de ti. Pero, obviando que estás en mi clase, no hay nada de ti que me desagrade. Nada.
Éste es el minuto en que me convenzo.
Todo cambió cuando Felipe consiguió novia. No por que lo envidiáramos. De hecho, la mayoría de las veces que nos juntábamos con Gonzalo, nos dedicábamos quince minutos a pelarlo. Porque había cambiado. Porque estaba distinto. Porque ya no era Felipe. Sino que este otro tipo, demasiado feliz, demasiado en equilibrio y demasiado rosado como para haber sido nuestro amigo que amenazaba con una muerte prematura y a exceso de velocidad. Y los tipos que mueren rápido y chocan contra paredes, necesitan estar solos. Así eran las reglas. Partió cuando Felipe consiguió a Valeria, porque nos desajustó la rutina y los compromisos. Felipe, como los buenos pololos hacen, comenzó a tomar menos y empezó a preferir las películas nocturnas en casa de Valeria cuando el fin de semana, no tenía mucho que ofrecer. Porque pololear, entre otras cosa, significa ver películas. No porque te hagas más cinéfilo. Sino porque las películas se ven con la luz apagada. Y una vez que el actor famoso y masculino, besa a la actriz guapa, famosa y sofisticada, te también puedes hacer lo mismo con tu novia. A veces, incluso un poco más.
Felipe le preguntó a Valeria si quería ser su chica, durante una fiesta en la que Gonzalo no estuvo. Porque estaba en el norte, aprovechando sus últimos días antes de entrar a trabajar, y peleándose con la dueña de casa, porque ella, una mujer independiente, profesional y soltera, no anda buscando un polvo amable cuando invita a un tipo a quedarse en su casa. Por alguna razón, ella sintió que a Gonzalo tenía que reiterárselo. Que le quedara claro. No iba a pasar. Pero Gonzalo, que sólo quería fumarse un par de porros en algún pueblo hippie -porque al estar tan lejos y escondidos no les quedaba otra- del norte, tuvo que entender en una semana, lo que muchas se demoran toda una vida. Enfrentar a una mujer soltera, es enfrentar sus restricciones, sus límites y la imaginaria idea, que ella tiene de si misma. Así me lo contó el domingo que volvió. Un día antes de entrar a trabajar luego de una para demasiado larga, mientras tomábamos unos conchos de cerveza que habían sobrado en su casa, y que su vieja le exigía no desperdiciar.
Me preguntó por lo de Felipe y le conté la historia. De cómo Valeria consiguió lo que quería y de cómo a Felipe no le importó ceder. Mal que mal, de eso se trataba todo esto. De armar tus límites y trancas, asustar a los que no importan y prepararse a abandonar todo cuando encuentres a la que logre desarmarte. Y sin que te des cuenta. A Gonzalo, que había pololeado unos tres años, pero ya llevaba poco más de dos soltero, la pregunta le quedaba dando vueltas. Felipe tenía novia.
-¿Y nosotros, Flaco? ¿Cuándo?
Yo le expliqué mi teoría. De que las chicas, eran como las pegas. Llegan cuando menos te lo esperas y las buenas cuesta mucho encontrar. Que lo mejor era no buscar. Porque simplemente llegan. Pero la pregunta seguía dando vueltas. No porque necesitáramos alguien que nos quisiese con urgencia. Para eso ya tenía una madre. Pasaba, que Gonzalo estaba sintiendo esa necesidad de que en su cocina, hubiera espacio para más. Para chicas que llegaran con nosotros, que fueran interesantes. Y de las que no hubiera que avergonzarse, el día después. Gonzalo, y al menos ese domingo yo también, queríamos tipas que volvieran.
A veces miraba la fecha de reojo. Dos semanas antes de mi cumpleaños, le dije a Valeria, la novia de Felipe, que tenía un mal presentimiento. Había cosechado la tradición de que en los últimos cinco años, siempre estaba con una mina para mi cumpleaños. No necesariamente con novia. Sino que con una de esas tipas que me acompañaban a la cocina de Gonzalo. Pero este año era distinto. Era la primera semana de octubre y yo sólo contaba historias que lograban captar la atención de mi amigos no por lo buenas, sino que por lo extremas que podían llegar a ser. Porque había tipas como la del Huracán, que me decían que parecía travesti, pero que de alguna forma lograba esquivar porque no me acordaba el día después, o como la de la chica con la que enganché en una fiesta, que después me invitó a su casa, que me pidió apagar la luz de su pieza y que justo antes de salir arrancado, me dijo que ella se moría si me iba. Después de correr por Santiago de noche y una vez que llegué a mi casa, sólo pude pensar en sacarme su olor de mis manos. A las cinco de la mañana, ya me daba asco.
En mi casa, mi madre me podía una novia. No demasiado en serio. Pero tampoco demasiado en broma. Pasaba que David, mi hermano, estaba junto a una tal Ale. Y Ale era amorosa, era tierna y era simpática. Además estudiaba ingeniería. Yo en cambio, era el hijo de la pose amargada que ya estaba empezando a cansar. Sobre todo durante los almuerzos de los domingos. Ahí fue cuando le dije a Mariana, que así se llama mi vieja, que me dijera cómo la quería. Porque así, si me daba todos los datos, podría buscarla en Facebook.
Lo curioso es que Facebook, le hizo caso a Mariana.
Durante este año, había empezado a hacer unas ayudantías en la Facultad de Periodismo. Y yo, ante todo, era de los que decía que un ayudante, y mucho menos un profesor, podía meterse con una alumna. Porque no correspondía. Porque no era de hombres. Porque las alumnas que lo hacían, siempre eran putas sin talento. Y esas a mí no me interesaban. Yo tenía mis principios y mis poses. Felipe no veía películas y Gonzalo, bueno, yo diría que desde que había terminado -y aunque él no lo admita- Gonzalo no quería más novias. Quería sacarse gustos. Y no había nada de malo en eso. El tema, es que dado el momento, todos sabíamos que íbamos a tener que renunciar a algo. No por amor ni nada parecido. Sino porque la idea de hombres que teníamos nosotros mismos, era meramente masturbatoria. Incluso, cuando a veces funcionaban.
Pero Milla no tenía idea de eso.
Ella llegó a clases sentándose al fondo cuando todos sabían que usaba lentes, llevando tacones aún cuando sabía que era por lejos la más alta del curso. Como diciendo Hey, yo sé que piensas que no me importa. Y tienes toda la razón. Pero la verdad es que la había visto antes. Hace tal vez unos cuatro años. Tenía esa pinta de haber sido la cool en su colegio. La que probablemente tenía un color distintivo, distinto del que tenían sus tres mejores compañeras. Porque en colegio, las chicas siempre se movían de a cuatro. Probablemente nunca había tenido espinillas y nunca había tenido que levantarse con la pubertad en el rostro y la vergüenza y la humillación en la sala de clases. Milla era demasiado alegre. Porque probablemente había tenido al novio que quiso y en el momento que quiso. Y porque probablemente, ella también se había dado el gusto de patearlo. Simplemente porque él, era demasiado pendejo. Y Milla, probablemente, estaba para cosas grandes.
En noventa minutos de clases me imaginé su fiesta de graduación con el tipo musculoso de pichanguera que hoy día probablemente estaba en algún afiche de MoviStar, o participaba activamente de la campaña de Ruta Norte, Cristal o Capel. Probablemente, ahora usaba bigote y jugaba de delantero en alguna liga de futbolito.
Milla hace cuatro años usaba poleras escotadas amarillas y shorts celestes. No sólo porque era alegre y probablemente ya conocía de memoria las playas de Brasil. Sino porque sabía que sus piernas largas, su estómago plano y sonrisa sospechosamente fácil, podían conseguirle cosas. Y sin mucho esfuerzo. Daba lo mismo si era ayer en el colegio. O hoy en la universidad. Claro, que ya no usaba poleras amarillas. En la primera clase, y para decirnos a todos que era parte del primer mundo y que seguramente ya sabía cómo era la movida en Nueva York, llegó con su iPod entre las manos (al que seguramente le tenía un nombre) y una polera que te dejaba claro que conocía y la gustaban las películas de Tim Burton. Incluso si no lo gritaba.
Y todo esto, me lo imaginé en un par de minutos.
Milla entró a clases. Se sentó al fondo y ya le había descifrado su vida. Sólo me faltaba inventar la historia del ex novio que le hizo perder la confianza en los hombres, que ahora buscaba tipos mayores, y que probablemente tenía un grupo de amigos gays. Un par de minutos y ella agarraba tu atención. Que podía ser prejuiciosa y llena de tripa. Pero, que lógicamente no tenía idea de todo esto, ni siquiera te miraba. Porque mientras se deshacía de su iPod y sacaba su cuaderno, lo tenía claro y lo anticipaba. Como diciendo hey, yo sé que piensas que no me importa. Y tienes toda la razón.
A la semana, se lo conté a Felipe. En la cocina de Gonzalo, tomando ron y contándole sobre el curso.
-Te la vas a agarrar -me dijo-.
-Yo no me meto con alumnas.
Después de esa clase, Milla no volvió a aparecer. Se había ido de viaje, tenía permiso de la universidad y no la veríamos en clases por al menos tres semanas. Sólo podías enterarte de ella por Facebook. Había viajado a Estado Unidos, había conocido lugares distintos. De esos, que para ti, sólo existen en fotos. También se había enamorado de Obama. En las imágenes, Milla aparece en parques inmensos y en antiguas tiendas de discos. Y mientras tú te enteras de todo lo que tenga que ver con ella, por una razón que sólo puede ser para odiarla más, ella te habla. Porque ahora, todo se produce por Facebook.
El resto, es lo evitable. Las fiestas donde nos topamos, las conversaciones que tuvimos y el hecho de que le explicara mi teoría, de porque ella necesitaba tacones. Porque claro, Milla tenía que caminar sobre el resto. Y así también intimidaba a los tipos que intentaban sacarla a bailar y sólo se guardaba la excusa de que no hablaba español para casos extremos.
En algún momento, me olvidé de que no me metía con alumnas. Aunque más que olvidar, fue el hecho de que simplemente dejó de importarme. A pesar de todo lo que había dicho y a pesar de que el profesor titular del ramo, también iba a ser mi próximo jefe en la pega que estaba apunto de comenzar. Y ahí es cuando ella me da un beso. O tal vez yo se lo di a ella. No una noche, sino que varias. No por un día, sino que durante semanas. Y todo partió a dos días de mi cumpleaños.
Éste es el minuto donde me arrepiento. Cuando ella me dice que está mal, que siempre aleja todo lo que intenta acercarse a ella, y que tarde o temprano, va a terminar boicoteándose. Éste es el minuto donde la miro, me doy cuenta de que está en mi auto, al frente de su casa y le digo que se vaya. Que me acuerdo que es mi alumna y que le gusta el Starbucks; que anticipo que es demasiado flaca, demasiado alta y con los ojos demasiado verdes. Y eso a Mariana podría ni gustarle. Porque las tipas que se saben guapas, también saben que siempre pueden arrancarse. Éste es el minuto, donde recuerdo a todas las minas que han estado sentadas antes ahí, donde está Milla. Y me acuerdo que me aburro. Que no me gusta hablar por teléfono. Que soy malo para mandar mensajes. Pero ella quiere hablar.
-Yo necesito a alguien que pueda estar ahí. Y que no le importe. A pesar de mí. A pesar de todo.
En Santiago, estaba apunto de amanecer.
-La verdad es que no te conozco. Y a pesar de estas últimas semanas, tampoco sé mucho de ti. Pero, obviando que estás en mi clase, no hay nada de ti que me desagrade. Nada.
Éste es el minuto en que me convenzo.
